El abrazo mágico de Gabo

Esta es la historia de un abrazo. Más bien del efecto que tuvo en mí un abrazo entre Gabriel García Márquez y Carlos Fuentes. Es una historia que se beneficia de los artificios de la memoria que el Gabo inmortalizó en “Vivir Para Contarla”: No es lo que viví, sino lo que recuerdo, y cómo recuerdo éste y otros momentos para contarlos aquí.  Hoy recuerdo un día en el que comencé a entender los misterios de la amistad, la felicidad y el destino.

El cielo despejado de la ciudad permitía contemplar los volcanes. Llegué a una sala de la UNAM cuyo nombre no recuerdo, pero era color café rojizo. La cita, fue a las diez de la mañana.

Era uno de los tantos eventos que se hicieron en el año 2008 para celebrar los ochenta años del gran Fuentes. Arriba del escenario concurría una pléyade de escritores. No recuerdo a todos, pero sí, la imponente cabellera plateada de Nadime Gordimer a la izquierda (o a la derecha) del homenajeado. Desde mi butaca veía que en la mesa yacía una silla vacía. Frente a ella, colocada sobre la mesa, se sostenía un cartón con el nombre del invitado más esperado: Gabriel García Márquez.

El evento comenzó tarde. A los pocos minutos, no pude concentrarme más en las palabras introductorias por la mera posibilidad de que esa silla se mantuviera así, sin ocupante, abandonada entre ecos literarios. Sí, quería escuchar a los demás ponentes, pero mi propósito era escuchar a Gabo, al Gabo.

Pasaron los minutos: 5, 10, 15 y las palabras continuaban y por ningún lado se asomaba el creador de Aureliano Buendía. De pronto, con un paso sincopado entre sus dos piernas y su bastón, vistiendo un saco de tweed entre amarillento y marrón, portando esa peculiar sonrisa que hacía que su labio superior se levantara un poco, apareció en el escenario el adalid del realismo mágico.

De inmediato, como cerillos en combustión, todos los presentes nos pusimos de pie a aplaudir. Cuanto más se acercaba a la silla que lo esperaba, más estruendoso era el sonido de las palmas. A medio camino, unos brazos lo recibieron, eran los de su amigo de toda la vida, Carlos Fuentes.  Ambos se vieron, se reconocieron y un mundo se creó entre ellos: de admiración, de respeto, de cariño. Ese abrazo fue la manera perfecta de representar lo que eran el uno para el otro: hermanos.

Ese ha sido el abrazo que más me ha conmovido. Fue un acto que representaba una amistad plena, completa en todos los niveles.  Se notaba que los unía un lazo casi místico, cuyas ataduras se encontraban en este universo y en otros tantos que habían creado en sus obras.  Experiencias terrenales como creer que habían muerto juntos en las aguas heladas del río Moldava en Praga junto con Milan Kundera; o el crear un guión de cine un día, sólo para destruirlo al día siguiente, por una simple razón: el director quería retrasar el estreno del filme. Y más allá de este mundo, su obra siendo el receptáculo de experiencias compartidas; por ejemplo, la del mencionado guión que inspiraría “más tarde el viaje solitario del coronel Aureliano Buendía, que hacía y deshacía sus pescaditos de oro”. Nunca olvidaré la mirada que intercambiaron entre ellos, fue tan profunda que llevó al auditorio caerse en aplausos ante ella.

Ese momento también me hizo reflexionar sobre la felicidad. Después del abrazo fraterno, Gabo llegó a su silla. Ahí ya pude concentrarme en las exposiciones, pero no por mucho tiempo. Empecé a preguntarme si él iba a cerrar el evento e imaginar qué diría de la obra de su gran amigo.  Al hacerlo, fijé la vista en él. Lo recuerdo sentado, totalmente erguido, con los ojos entreabiertos, escuchando con atención las intervenciones. Estaba en silencio y transmitía una calma contagiante como el cólera.

En ese momento recordé lo que él había escrito sobre la felicidad: “Un estado del cuerpo y el alma que se vive un instante y se sigue pagando por el resto de la vida”.  Estoy seguro que su estoicismo se debía a que estaba “pagando” el feliz instante del gran abrazo.

Siguieron las exposiciones y Gabo seguía en la misma pose. Cerró el gran Fuentes y Gabo aplaudió y volvió a abrazar a su amigo y salieron juntos del auditorio. Me quedé atónito: ¡No podía creer que Gabo hubiera guardado silencio durante todo el evento!

Mi objetivo se vio frustrado y pensé que a lo mejor nunca lo podría escuchar en vivo (hoy, me pesa, pero tuve razón). Salí decepcionado y con un sabor agridulce: “Por lo menos lo pude ver”, me dije a mí mismo.

Años después, también en el sur de la ciudad, fui a ver la puesta en escena de “El Jardín de los Cerezos” de Antón Chéjov. A través de una las frases que escuché durante la obra, pude, creo, comprender aquel silencio del Gabo. Uno de los personajes de la obra exclamaba que la felicidad requiere del silencio. Puede ser que Gabo haya estado tan feliz que aquel día, de aquel año, en aquella sala, necesitaba guardar silencio. Ese silencio indispensable para afianzar en nuestro ser los hechos reales y no olvidarlos, o “aquellos que nunca lo fueron, puedan estar en la memoria como si hubieran sido”.

El destino me llevó aquella mañana a ser testigo de una amistad histórica y un tipo de felicidad mágica. Pero años más tarde me daría cuenta que no sólo llegué para dar testimonio de aquello, sino a empezar mi propia historia. Ese mismo día, en esa misma sala, se encontraba una persona que espero, cuando yo cumpla ochenta años, abrazar de igual manera. Nos enteramos que estábamos ahí en una plática ulterior; con él fui a ver la obra de Chéjov que mencioné; él me ha introducido a grandes autores; y hemos vivido ya varios momentos trascendentes. Nos unen muchas cosas, entre ellas, ese día con Gabo. Sin saberlo, fuimos víctimas de los dotes de alquimista del colombiano: una mera coincidencia de tiempo y espacio se transformó en una historia de vida. Y todo gracias a un abrazo, a un gran abrazo.

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