Política, guerra y paz

Una de mis mejores amigas vive en Amsterdam. Otro gran amigo vive en Kuala Lumpur.  Cualquiera de ellos pudo haber ido en el vuelo de Malaysian Airlines que estalló a 10 mil metros de altura sobre suelo ucraniano. Otra gran amiga vive en Ashkelon, Israel, que se encuentra a unos cuantos kilómetros de la Franja de Gaza, donde, mientras escribo estas líneas, se movilizan tropas militares y ya hay más de medio millar de muertos. No dejo de pensar en cómo cada uno de estos hechos tienen una hebra de la misma fibra: ambos devienen de llevar a la práctica una forma de hacer política que busca eliminar al enemigo.

Una de las críticas más feroces a la democracia liberal provino de Carl Schmitt. El filósofo alemán buscaba desnudar el concepto de lo político de aquellos ropajes extraños. Buscaba encontrar la categoría  que le permitiera distinguir lo político de lo no político y así llego a la conclusión de que “La distinción política específica, aquella a la que pueden reconducirse todas las acciones y motivos políticos, es la distinción de amigo y enemigo”. Para él, el conflicto, la guerra, no era una falla de la política, sino su condición de existencia. Criticaba la democracia liberal por haber contaminado el discurso netamente político con conceptos propios de la ética, como lo valioso y disvalioso; de la economía, como útil o inútil; y de la estética, como lo bello y lo feo”.

Estos conceptos, decía él, no son propios de la política; si acaso, sirven de adorno a ésta pero no la explican.

Hoy cuando prendo la televisión, leo el periódico o veo redes sociales, noto que los hechos le quieren dar la razón al filósofo alemán.

Por un lado, todo comenzó en 1954 cuando en un pacto internacional Rusia cedió la isla de Crimea a Ucrania. Por supuesto, ahí habitaban y habitan rusos. Claro, como todos formaban parte de la entonces Unión Soviética, la identidad nacional de sus habitantes no fue un problema. Pero, cuando desaparece la URSS en 1990, la trama se empieza a complicar. Y los sucesos recientes, por lo menos desde la deposición de Yanukovich, nos muestran que ese identidad rusa ahora está, quizás, demasiado viva. Por el otro lado, la caída de la URSS no hizo desaparecer la línea divisoria entre este y oeste. Lo que pasó fue que el sentimiento antioccidental -especialmente, antiestadounidense- se escondió bajo el manto de la política internacional que era entonces liderada sin cortapisas por Estados Unidos.

Por ende, a finales del 2013, las pretensiones europeístas de algunos ucranianos, gatillaron el siempre latente nacionalismo de los habitante prorrusos de Ucrania. Y el declive del liderazgo internacional estadounidense, permitió a Putin dibujar de nuevo la distinción entre este y oeste, posiblemente con fines geopolíticos. Lo grave es que la combinación de ambos factores ha hecho que, para algunos sectores sociales de esas latitudes, occidente emerja de nuevo como el enemigo a vencer.

La política entre Israel y Palestina, por lo menos desde 1948, ha estado marcada por la distinción amigo/enemigo. Aquí tenemos el ingrediente religioso de por medio, lo que hace mucho más complejo el escenario. La disputa por los territorios que ambos bandos consideran sagrados es el punto nodal del asunto. Pero las disputas religiosas y los excesos cometidos a los largo de la historia, han hecho que algunos líderes de ambos lados de la frontera, simplemente busquen la desaparición del otro. Ya no es sólo una cuestión territorial, sino de negación de la otredad. Así, el enemigo es quien cree algo distinto y hay que eliminarlo.

Santiago Gamboa, cuando era diplomático de Colombia ante la Unesco, escuchó decir al delegado de Palestina la siguiente frase: “Es más fácil hacer la guerra que la paz, porque al hacer la guerra uno ejerce violencia contra el enemigo, mientras que al construir la paz uno debe ejercer la violencia contra sí mismo”.  Lo interesante es que esta frase bien puede extrapolarse para explicar uno de los elementos del conflicto Ruso/Ucraniano: parece ser que Rusia vuelve a ver en el enemigo exógeno su forma de hacerse presente en el mundo e ignorar sus problemas internos.

La verdad no sé que nos falta para darnos cuenta que la política no es sólo conflicto. Hay que darnos cuenta que también es espacio de encuentro, de diálogo, de reconocimiento de la otredad. Hay que voltear la formula de Schmitt: la violencia no es condición de existencia de la política, sino que la política es condición para la coexistencia pacífica. Pero para esto, por supuesto, tenemos que dejar que el discurso ético entre a la esfera de la política. El reto no está exento de riesgos, pero vale la pena intentarlo. Ya basta.

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