El bombazo en Chile

Me encontraba sentado comiendo en una cafetería a unas cuadras de mi oficina. De pronto, el ruido de las sirenas se apoderó del ambiente y una ola de tensión se dejó sentir en el aire. La gente no corría despavorida, ni se escuchaban gritos, pero las caras de los transeúntes habían cambiado. Sus rostros se tiñeron de temor. Sí, esa es la palabra: Había temor en su semblante.

Me levanté de la mesa y me acerqué a la estación de metro “Escuela Militar”, la que uso diario para llegar a mi trabajo. Sus entradas se encontraban cerradas y el lugar se encontraba atestado de Carabineros, la fuerza policial de Chile. Del murmuro de quienes estaban presentes, empecé a hilar qué había pasado. “Una bomba”, decían, “explotó una bomba”. De inmediato regresé a la oficina a indagar más sobre lo sucedido. Empezó la retahíla de noticias: 6, 7, 8, 9, heridos y contando.  A los pocos minutos se supo la noticia completa: En el centro comercial “Subcentro” de Santiago de Chile se produjo un atentado terrorista que dejó a 14 personas heridas. Una bomba de manufactura casera explotó dentro de un basurero.

La Presidenta Bachelet condenó los hechos cerca de las 18:00 horas de ese lunes 8 de septiembre y declaró que Chile es y seguirá siendo un país pacífico. Pero, claro, la noticia estremeció a todos y la opinión pública se volcó a ella.

¿Un acto terrorista en Chile? ¿Cómo? ¿Por qué? ¿Hay alguna vinculación con México?

Parece contraintuitivo que en el país que tiene una de las mejores imágenes internacionales en América Latina se produzcan actos de este tipo. Pero hay que recordar que Chile aunque tiene un pie en el estadio de las “sociedades modernas”, tiene otro en lo que se denomina las “sociedades tradicionales”. De esta manera, si bien ha tenido grandes índices de crecimiento, sigue siendo un país muy desigual debido a un serio problema de distribución del ingreso, lo que genera, en varios sectores sociales un amplio resentimiento hacia las élites.

A esto hay que añadir, en mi opinión, la alta politización de la sociedad chilena. Por haber vivido bajo la dictadura militar, los chilenos saben una cosa que a varios de los mexicanos se nos olvida a menudo: Que en la política, el quién y cómo nos gobiernan, sí importa. Esto lleva a que, en este país, las ideologías se tomen en serio. Es decir, aquí puede distinguirse a una persona de derecha y a otra de izquierda, cuestión cada día más complicada –sino es que casi imposible- en México.

Por esto último, no sorprende que quienes se autodenominen “anarquistas” lleven a cabo actos de esa índole, llegando al extremo de utilizar la violencia como medio de expresión, y, así, entrando en una dinámica propia del terrorismo. En efecto, hasta ahora los tres presuntos culpables, se identifican o tienen algún tipo de vínculo con organizaciones anárquicas. Para ellos, ningún tipo de autoridad debe existir, y, por lo tanto, no debe sorprender que intenten minar las bases del Estado: el símbolo de la autoridad política moderna.

Por último, hay algo que, como mexicanos, debe llamar nuestra atención. Según la prensa chilena, el año pasado se realizó en México un encuentro anarquista al cual asistieron al menos tres chilenos. De éste surgieron documentos que señalaban la necesidad de acometer acciones más radicales y ataques más directos hacia la población civil. Asimismo, días más tarde el Canal 13 de Chile realizó un reportaje en el parecía vincular a estos grupos con el movimiento estudiantil chileno.

Cuando leí lo anterior, vinieron rápidamente a mi mente dos imágenes ambivalentes. La primera, los hechos del atentado que describí en la primera parte de esta columna. La segunda, el bello rostro de Camila Vallejo en las páginas de The Guardian y el respeto que me infundieron –e infunden- aquellos jóvenes líderes estudiantiles, algunos hoy diputados en el Congreso chileno (incluida la propia Vallejo).

Son dos imágenes que, en mi opinión, nada tienen que ver. Lo puedo afirmar con tal seguridad, ya que el movimiento estudiantil (que comenzó en 2006 y con mayor fuerza en 2011) tiene un discurso que ha mantenido a lo largo del tiempo y ha mostrado una voluntad dialogante con el Estado.

Luego pensé en México, en los hechos del primero de diciembre del 2012 (#1DMX), en la toma de la UNAM por los “encapuchados”, en la escalada del discurso antisistémico de algunas manifestaciones públicas, y entonces la distinción que hago en el caso de Chile ya no me queda tan clara en el caso de mi país.

Después pensé en la celebración de aquél encuentro anarquista en México, y sigo preguntándome si nos daremos cuenta de lo sensible del tema: que de los gritos al acto, hay tan sólo un paso, el cual, bien puede darse tanto en Escuela Militar en Chile, como en Balderas, Bellas Artes o el Zócalo en México.

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