Contarlo Todo

Nunca he escrito sobre un libro. Le tengo tanto respeto a la reseña seria, a la crítica bien hecha, que siempre me ha invadido ese sentimiento borgiano de que eternamente me faltará algo por leer para poder escribir bien. Esto no busca ser nada parecido. Sólo pretendo narrar aquello que me sucedió al leer una novela. En el futuro espero que este espacio sirva nada más para eso: para contar historias sobre las historias, sin afanes de erudición, ni de disquisición teórica sino sólo con el fin de lograr transmitir aquello que uno recuerda de lo que lee o ve, eso que cambia el universo vital de un lector o un cinéfilo.

De pronto, leí en el periódico El Mercurio sobre un libro desconocido para mí: Contarlo todo del peruano Jeremías Gamboa. Adquirí el libro y desde la primera página quedé enganchado. El protagonista del libro, cuya voz se desdobla, a veces en primera persona, otras en tercera, y que uno intuye que es el autor contando su historia bajo el seudónimo de Gabriel Lisboa, dice: “Desde hace mucho tiempo he intentado infructuosamente convertirme en alguien que escribe un libro o he intentado vivir como alguien que escribe un libro o como creía que tendría que vivir alguien que lo hiciera”. Sentí empatía por Gabriel porque yo era uno de esos: alguien que desea vivir de cierta forma, pero que muchas veces queda atrapado en una vida en la que se impone la cotidianidad, algunos imprevistos y la falta de voluntad. Más adelante, me daría cuenta, Lisboa no me retrataba sólo a mí, sino a la mayoría de nuestra generación.

Si la novela fuera un sistema solar podríamos decir que hay tres soles alrededor del cual rotan varios planetas. El primero la escritura; el segundo el papel de la amistad y el tercero, por supuesto, el amor y el desamor.

Como joven que intenta ser lector y escribir dos o tres cosas decentes, era imposible que la trama no me atrapara. Empieza describiendo cómo Gabriel aprende a escribir.  Alguien que se haya quemado los sesos tratando de encontrar la frase precisa, la conjugación correcta, la estructura adecuada de un enunciado entenderá que aprender a escribir no es cualquier cosa. Es un proceso de dudas y de auto proyección muy revelador. La novela muestra ese proceso. Gabriel, un tímido adolescente, obtiene un trabajo como periodista y ahí aprende a escribir; y, al hacerlo, crece, cobra identidad, se transforma en “un individuo, en un hombre con un poder discreto pero a la vez sobrenatural”. Ese poder, esa confianza que Gabriel alcanza, ¿no es, acaso, lo que muchos buscamos? El simplemente saber para qué somos buenos. La novela tiene la virtud de mostrar ese camino, sin atajos ni tapujos, sino mostrando el esfuerzo que conlleva encontrar un lugar en el mundo.

Las amistades de Gabriel son, como solemos decir, su familia, sus hermanos. Lo son porque comparten su cosmogonía, esa forma mística de ver el mundo. Para ellos el universo es una biblioteca, una tierra fértil en busca de palabras. Se mueven entre la poesía y la literatura, traspasando lo que leen a sus vidas y atribuyendo a sus lecturas lo que viven. El famoso “Conciábulo” –el nombre del grupo-, liderado por el inefable Spanton, es donde Gabriel se descubre, donde a través de los otros se entiende él mismo.

Las páginas que retratan este elemento de la historia son, a todas luces, conmovedoras, porque muestran que la amistad es un conjunto de ritos, de silencios, y de conversaciones entre aquellos seres que un momento deciden velar por uno, de quienes, en algún instante de la vida, dice Lisboa, se nota “que a pesar de que empezaban a ser distintos entre sí estaban juntos a tu lado, ebrios a tu lado, y esos […] no los ibas a perder jamás, y de eso extrañamente estabas seguro entonces”. La amistad, creo va por ahí: es esa seguridad de la presencia de alguien el torrente de la ebriedad por la vida.

Finalmente, la novela dibuja una trama de amor. Se trata de una historia cruda, realista. Tiene una costura peculiar: empieza desde que Lisboa empieza a reconocer sus inseguridades. Acaso el retazo más incómodo (sí, esa es la palabra: uno siente incomodidad) es aquél en que describe cómo un problema de acné severo va alejando del mundo a Gabriel. Cómo su seguridad se desquebraja y queda convertido en un verdadero “monstruo”: Un miembro acreditado de la “generación Roacután”.

Tras esa experiencia, las marcas en su rostro serán una evocación constante de esa inseguridad subyacente. La vemos emerger cuando conquista a su primer amor, Cecilia, con quien no logra hacer el amor hasta ya bien entrada su relación. Sus fallidos encuentros sexuales muestran a un joven que no puede acabar algo, porque no sabe ni cómo empezar. Así como no tiene la seguridad para escribir, tampoco la tiene para dejar a un lado el pudor que requiere todo acto erótico: esa renuncia que lo deja a uno totalmente vulnerable frente a la mirada del otro.

Su segundo amorío es más profundo, de esos que burlan las capas de la epidermis y entran en el sistema circulatorio para echar todo pizca de racionalidad por la borda. El romance de Gabriel y una de sus alumnas, Fernanda, es desesperante, tórrido, apasionante, bello, y, a la vez, despiadado: desde cómo, poco a poco, se va acercando a aquella alumna, cómo planea cada movimiento, las pequeñas conversaciones sin sentido, hasta que por medio -claro- de un cuento que escribe, logra llamar su atención.

Fernanda lo atrapa y le enseña el árido terreno del romance, ese espacio donde todo se magnifica, las inseguridades brotan, las virtudes se pueden tornar en defectos, y uno encuentra sentimientos, hasta entonces inexistentes, en los entretelones más recónditos del alma. Primero Gabriel, en su crisis existencial constante por no poder escribir, termina con Fernanda y, literalmente, la deshace.

Después volverán a estar juntos y será el ambiente –una familia elitista, otro hombre- que rodea a Fernanda el que, ahora, destruirá a Gabriel. Al fin y al cabo a Lisboa lo carcomen sus inseguridades: uno como lector, asume que nunca creyó merecerla, y que por eso él tendría que ser escritor, un verdadero escritor, para que todo lo demás pudiera pasar. La novela nos recuerda aquello de que es imposible amar a alguien si uno no se ama sí mismo. Pero esto no es del todo cierto, y creo que ahí la historia cae en un lugar común.

A veces el acto de amar nos hace saber quiénes somos. Gamboa, o Lisboa, representan una forma de amar muy típica de nuestros tiempos: amar en primera persona “yo te amo”, cuando puede ser que el amor se entienda mejor en tercera persona: “ellos se aman”. Uno no puede decir para sí que ama, sino que desde una ventana abierta, uno se asoma a su relación y ve si uno ama y lo aman. Hay que ser espectador para evaluar la relación propia.

Contarlo todo, en suma, es una historia que retrata aspectos vitales de una generación: Cómo se forja profesional, personal y amorosamente alguien en tiempos que se perciben cada vez más solitarios. Al final, creo, por eso me gustó tanto el libro: Quería que me contaran todo para saber que no estaba solo; que, como yo, hubo miles, hay millares, y espero habrá más. El reto es eso: Seguir contando historias para saber que la soledad que nos imprime esta época es un espejismo cruel, ya que la soledad colectiva no es soledad, sino falta de comunicación, de conversación, de vida en común. Nada más, nada menos.

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