Rafael Pérez Gay y el cerebro de su hermano

Hay historias que son buenas porque son ficticias, porque hacen que escapemos de la realidad.  Otras son buenas por su realismo, porque calan hondo.  El cerebro de mi hermano pertenece a la segunda.

Leí el primer adelanto del libro en la revista Nexos desde otro continente y otros tiempos. Recuerdo haber quedado impresionado por la temática que aborda el autor: un relato de la muerte de su hermano a causa de una enfermedad neurodegenerativa.

Rafael Pérez Gay narra cómo su hermano, José María, “Pepe”, va desapareciendo de este mundo.  Es un informe, una narración, cuya hechura necesita arrestos. Se necesita una cierta dosis de valentía para escribir sobre el tránsito a la muerte de la persona amada.

El libro acerca al lector a una visión muy particular sobre la vida –precisamente por ser sobre la muerte-;  la hermandad y el extraño misterio que es nuestro cerebro.

Montaigne decía que la felicidad de una persona sólo podía calificarse después de su muerte.  Si esto es así: ¡qué feliz vivió José María Pérez Gay! Recuerdo cuando murió como si fuera ayer. Corría el año 2013, me encontraba en Londres y los medios mexicanos se volcaron a la noticia. Artículos de opinión iban y venían, y todo mundo hablaba de “Pepe”, de “Chema”: “el gran intelectual”, “el traductor de grandes autores alemanes”, “el diplomático perfecto”.  El libro de Rafael Pérez Gay – a la vez, otro gran intelectual y hombre de libros- es un retrato de esa gran vida. A través de las páginas el autor va remembrando episodios de la existencia de su hermano: su larga estancia en Alemania, su paso por varias embajadas, su obra intelectual, su gran erudición, el dominio que tenía de varias esferas de la cultura.  El libro, cuyo tema es el ya mencionado tránsito a la muerte, es también un homenaje a una vida bien vivida.  Tiene la virtud de recordarle al lector los placeres de la cultura, de la conversación, y de las maravillas del mundo (“Chema” viajó toda su vida). Y se logra, paradójicamente, porque la sombra de la muerte está presente en cada página. El autor lo dice en un momento: sin la idea de la muerte, la idea de la felicidad misma es imposible.

La otra característica del libro, que deja una huella indeleble en el lector, es el hecho de que lo haya escrito su hermano menor.  En el último apartado del libro, él dice: “Pensé que enterraría a mi hermano con este informe y sólo logré mantenerlo con vida […] Hay que dejarlo ir”. Esa frase es tan bella que es demoledora. Da cuenta de lo que es una verdadera hermandad, de ese aferre a la vida de alguien, porque se cae en la cuenta de que la vida de otros, muy pocos, es a la vez la nuestra. Y que su muerte, representaría la muerte de una parte de uno mismo, por lo que nos negamos a dejarlos ir.  Rafael Pérez Gay se niega a la muerte,  y en afrenta directa a ésta, se puso a escribir sobre su hermano y así lo hizo inmortal. Podrá dejarlo ir –al final, eso siempre se logra-, pero, en este caso, lo hizo suyo: con tan sólo 130 páginas el autor se torna en receptáculo de la vida de su hermano, simplemente porque lo amaba. Una de las partes más conmovedoras de la narración es una conversación entre los dos hermanos, cuando la enfermedad del mayor estaba ya tan avanzaba que se comunicaba a través de parpadeos con sus seres queridos. Rafael se acerca a su hermano mayor, acerca su cara a la suya, junta frente y nariz, y le murmura:

“-¿Me oyes? –Parpadeó- ¿Quién te quiere?”  Cuando leí esta frase, que fue su despedida, no lo niego, mi lagrimal se estremeció. Imaginé, en una biblioteca –siempre en una biblioteca- a un padre o a una madre despidiendo a un hijo, y en la misma pose que “Rafa” con “Chema”, entrando con su mirada a los lugares más recónditos de su ser, para que cada contorno de su espíritu sepa que se le quiere, aquí, en la tierra.  También recordé que siempre seremos hijos, aun cuando seamos padres, y que nos volveremos los hijos de nuestros hijos, o de nuestros hermanos, así como “Chema” pasó de hermano mayor a hijo de “Rafa”, su hermano menor.

Finalmente uno se queda atónito frente a los misterios de esa materia gris a la que llamamos cerebro. “Chema” se va afantasmando. Se va a adentrando en una oscuridad interior, porque su cerebro empieza a apagarse cual bombilla de luz. Poco a poco, va perdiendo sus facultades motoras, psíquicas y lingüísticas. Paz decía que estamos hechos de tiempo, sí, y tenemos tiempo para recordar: es nuestra pesadilla y nuestra mayor virtud. Dice el autor: “Somos nuestra memoria. Si no recuerdas, dejas de ser alguien para convertirte en nadie”.

Así era: “Chema” transitaba hacia la nada, a ser nadie, a estar nunca. En los inicios del libro, el autor, al ver los pequeños estragos de la enfermedad de su hermano, empieza a preguntarse en  qué parte de su cerebro estará instalado el poema “Piedra de Sol” de Paz que su hermano recitaba de memoria;  en dónde estarán los versos de Borges y de Neruda, en dónde… Rafael empieza a ver cómo se empieza a ir su hermano en pequeños retazos de pensamiento, y lo primero que vuela, es aquello que lo hacía único: sus recuerdos, que constituían la belleza de su mundo, y también del nuestro. Se pregunta en qué surco de su cabeza estaba su madre y su padre; yo creo que para tratar de encontrarse también él mismo en esa red neuronal cuya sinapsis iba debilitándose.

El libro no es sólo el relato de una muerte, sino de varias muertes. “Chema” muere cada vez que pierde un recuerdo vital.  Por eso me impresionó tanto la historia: no me había dado cuenta que he de morir varias veces en esta vida, todos lo haremos, y por eso le tenemos miedo a la misma. A ese sentimiento desgarrador que sentí cuando perdí a un gran amigo, o rompí con alguien de quien estaba enamorado, le subyace eso: el miedo a la muerte. A raíz de una verdadera ruptura,   un amigo que estuvo conmigo en momentos clave de mi  vida, la mujer con la que compartí lo más íntimo de mí,  se van y no vuelven: salieron de mi vida. En cierto sentido, yo morí para ellos. Por eso, creo, nuestra obsesión con ciertas personas se debe, literal, a un instinto de supervivencia.

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