Adiós a los padres

Siempre he creído que los libros llegan a uno y no al revés. Para mí los libros son objetos magnéticos que atraen  a los lectores a través de canales místicos. Uno lee porque el libro lo llama y en el momento en que el libro escoge. Mi teoría la confirmo con esta lectura. El cúmulo de coincidencias que me llevaron a tener este libro en mis manos escapa a toda lógica. Adiós a los padres me lleva a decirle adiós a un año melancólico. Un libro de melancolía para decirle adiós a la nostalgia.

Aguilar Camín nos entrega una obra maestra. Una historia de olvidos y recuerdos, de polvo y ladrillo, de amores y desencuentros. El autor urda en un tema que todos tenemos frente a nosotros, pero que poco pensamos: el misterio de nuestros padres. ¿Qué tanto conocemos de esos seres que nos trajeron al mundo? ¿Quiénes son realmente? ¿Quiénes eran antes de que naciéramos? ¿Qué tanto no habrán vivido juntos y separados? ¿Qué  pasa por la cabeza de esas personas que nos criaron? ¿Cuánto y qué heredamos de ellos?

Todas son preguntas sin respuesta evidente. Al final todos somos lo que escogemos revelar y casi siempre revelamos muy poco. Acaso porque ni nosotros sabemos qué escondemos detrás de las máscaras y cicatrices que pueblan nuestros distintos rostros.

Este libro trata de levantar ese velo, el velo del secreto de los padres. Aguilar Camín se da a la tarea de entenderlos y aprehenderlos. La suya no es una investigación superficial o meramente anecdótica: el texto muestra un autor que traspira en cada frase, en cada descripción, en cada recuerdo que plasma en tinta y papel. No podía ser de otra manera, el texto lo empezó a construir desde el año de 1964, en el momento en que ve a su padre atado al potro del alcohol, postrado en la puerta de la casa que había abandonado 5 años antes. Al acompañarlo en un taxi de regreso, Aguilar Camín empieza a grabar todo en su memoria porque sabe que tiene que escribirlo. Su padre sale de su casa en 1959, sin despedirse de nadie, y salvo en la escena anterior,  no lo volverá a ver hasta 1995.

Después de 35 años vuelve a saber de él y se encuentra no con su padre, sino con el fantasma del que fue. Casi veinte años después nos entrega la que él mismo denomina “la historia de sus emociones” y no de la “verdad”. Es decir,  de lo que Aguilar Camín puede hacerse recordar –a través de conversaciones, documentos y viajes- de esos últimos 50 años. Y vaya que lo logra.

La historia es una de un árbol pintado genealógicamente. Empieza desde los bisabuelos de Aguilar y acaba con sus hijos. En cada historia de sus ancestros nos da tanto detalle, que logra transportar al lector de Asturias, a Cuba, a Chetumal para acabar en la ciudad de México.  Los personajes centrales serán sus padres: Emma Camín y Héctor Aguilar, y su tía Luisa Camín, que ante el abandono de Héctor se erige en la figura paterna de la casa.

De la vida de estos tres personajes se nutre todo el libro, porque de estas tres vida se nutre a su vez, la vida del autor. Luisa será su otra madre y la presencia que sustituya al padre.  La que junto a Emma saque adelante a la familia ante la estela de ruina que ha dejado Héctor padre. Luisa es una figura que impone disciplina, orden, trabajo y más trabajo. Es una heroína en todo el sentido de la palabra. Su manera de vivir es dándose por completo a Emma y sus hijos.

Héctor padre es el misterio encarnado. Uno nunca sabe bien a bien qué pasa por la cabeza de ese hombre que lleva una vida que lo va menguando cada vez más. Una etapa de bonanza económica que vive en Chetumal será lo que lo lleve a la perenne ruina. Una serie de fracasos económicos en una etapa de la vida de Héctor padre, lo llevarán a aferrarse a un pasado: a lo que fue y nunca volverá a ser. Ese sentido de estar viviendo una vida inmerecida, de un desajuste entre lo que es y lo que fue, lo llevará a una búsqueda constante de sí mismo, bajo la excusa de encontrar la prosperidad económica. Años después, pasado el  abandono de 35 años, dirá una y otra vez que todo lo hizo por sus hijos.

Se lo dirá a su hijo Héctor varias veces: él los deja por y para ellos, para darles lo que se merecen. “Todo lo he hecho por ustedes”, repite. Su ausencia la intenta justificar en aras de una presencia que nunca llegó como él quería. Será su hijo, Héctor, quien recobre esa añorada presencia y le devuelva la vida a un hombre que se estaba afantasmando. Esto se nota en la escena que describe cómo vuelve a ver a su padre tras 31 años de no verlo. Parecido a Hamlet, Héctor hijo duda de si la persona que ve es su padre o el fantasma de su padre. Llega un momento que él se mira mirándolo, como si el autor estuviera entre el público de una obra de teatro.

Aunque ciertamente la figura más representativa del libro es la de Héctor padre, yo creo que el personaje más impactante es Emma, la madre. Es la mujer heroína, pero que nunca reclama ser tal. Su tesón y fortaleza traslucen en la conducta  que despliega en medio de un fuerte ciclón, en donde ella corre a detener con sus brazos la pared de su casa que se venía abajo. Así vivirá toda su vida: deteniendo con sus brazos en alto la pared de su casa ante los ciclones que pretendan echar abajo las paredes de su familia. Sin duda, la escena más conmovedora del texto es aquella cuando, en la víspera de la muerte de doña Emma, un médico dentro del elevador del hospital le pregunta a Aguilar:

-¿Necesita algo?-  él responde: “un milagro”.

Héctor hijo sigue la conversación dentro de sí, llega al cuarto de su madre y le dice a ella:

“El milagro ya lo tuve. El milagro fuiste tú”.

Tenemos un libro conmovedor en todo el sentido de la palabra. Pero que además  muestra en todo su esplendor y brillantez el poder de la palabra escrita, esa que hace del detalle más nimio algo extraordinario y hasta mágico. Cuando Aguilar describe facciones de personas, escenas de lugares y situaciones cotidianas, su prosa las llena de belleza. Ese don de Rey Midas de la palabra es lo que hace a este libro más que una mera narración biográfica y lo torna en literatura pura y dura; en arte, sin más.

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