Boyhood

Cortázar decía que el tiempo es un elemento poroso y elástico, que se presenta admirablemente para ciertos tipos de manifestaciones artísticas. Y es que el tiempo es un misterio para nosotros. Sabemos que existe algo que mide el decurso de nuestra vida, pero no sabemos si es independiente de nosotros, o es algo que nosotros inventamos. Kant decía que es una categoría del entendimiento, es decir, que nosotros ponemos el tiempo. Para otros filósofos, el tiempo existe con independencia de nosotros: como una pista en la cual simplemente transitamos hacia la muerte. En todo caso, parecería que es un continuo que nuestra consciencia marca con nuestra capacidad de recordar momentos. Será la memoria, entonces, un elemento ordenador de ese continuo -del tiempo-  que simplemente lo dotará de sentido.

El cine de suyo juega con el tiempo. Toda película es, en cierta medida, una cápsula de éste. En dos horas podemos tener la sensación de haber vivido vidas completas, viajar al futuro o al pasado, o acompañar a los personajes por viajes que duran semanas, años, o varias vidas, como en Interestellar.

Pues, Boyhood es una película sobre el tiempo. Éste es su personaje principal, porque la película logra darle forma y hacer que el espectador, de manera muy inusual, vea el tiempo. Ése es, creo, su mayor logro: hacer visible algo siquiera invisible, sino casi inefable para nosotros.

Según se dice, el director, Richard Linklater, quería realizar una película que retratara todo proceso de la niñez y algo de la juventud, pero se topaba con el infranqueable muro de la realidad: el mismo niño de 7 años tendría, de repente, 13; y así la película sería de tipo convencional: La narración será más cercano a una pintura que a una fotografía, pues, como en casi todas las películas, los principales elementos serían creación del director. Para superar el escollo, se le ocurrió filmar por algunas semanas, una vez al año, toda la niñez y parte de la adolescencia del actor principal, Ellar Coltrane, durante 12 años.

Con esto logra darle un giro impresionante a la narrativa, pues es el director -y la trama que él crea- lo que se acopla al tiempo transcurrido. Es decir, el director pasa a segundo plano y se somete al galope del momento. Esa sumisión al tiempo, marca la película: Uno logra ver cómo la narrativa se adapta a los cambios culturales del paso de los años (de los mensajes de texto, a Facebook, de Kerry a Obama, etcétera), pero también a los cambios fisiológicos y psicológicos que presentan los personajes, los cuales, me imagino, serían los insumos principales de Linklater al escribir el guión durante los 12 años. Él declaró que cada año, al acabar de filmar las escenas correspondientes, “no sabía exactamente lo que iba a suceder en el futuro, pero sabía que algo iba a pasar”. Pero qué más iba a pasar, sino la vida, y con eso ya tenía resuelto su problema creativo, pues el terreno vital, de cualquiera de nosotros, bien visto, siempre es interesantísimo.

El resultado es una trama lineal, en la cual no hay cortes entre escenas. Así, de repente, uno se da cuenta que los personajes han envejecido. Las arrugas en los rostros, el embarnecimiento de los personajes, serán las señales de los giros narrativos. Esto dota a la película de una peculiaridad: Se desarrolla a sí misma a través de las huellas del tiempo. Es decir, uno se da cuenta de que es una historia que primero se adapta a la realidad, y una vez anclada en los instantes, les da forma mediante la pluma y la cámara.

Lo que más me gustó es que en ciertos momentos en la película uno se encuentra haciendo un recuento de su propia niñez y adolescencia.  La historia está tan bien lograda que crea un vínculo de empatía del espectador con los actores. Mientras uno ve a Mason y a Sam crecer, uno recuerda cómo actuó en situaciones similares: El derrumbe de las ilusiones, el primer amorío, las primeras despedidas.  Por último es también una película que llena de nostalgia por las infinitas posibilidades de la juventud, que, cada día, se desvanecen ante nuestros ojos.

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