El amor y 50 sombras de Grey

Hoy es el “día del amor”. La ocasión amerita una reflexión sobre el amor mismo y la coyuntura cultural que envuelve este 14 de febrero de 2015.

Es conocida la diferencia entre amor y enamoramiento. Sergio Sarmiento hace un año en Reforma lo explicó muy bien. El enamoramiento es una etapa previa del amor en que, literalmente, una serie de neurotransmisores gobiernan nuestro comportamiento. Cuando a usted le atrae una persona se libera una dosis de fenitelamina en su cerebro. Este neurotransmisor libera, a su vez, dopamina –otro neurotransmisor- que detona una sensación de bienestar y placer. Al alimón, segrega norepinefrina, la culpable de las manos sudorosas, las palpitaciones sin control, y la excitación inexplicable. Durante todo este proceso también se produce una hormona llamada oxitocina que, entre sus distintas funciones, tiene la cualidad de ser la sustancia que causa el deseo de apego, de ese magnetismo inexplicable que sentimos hacia la otra persona. Todo este coctel hace que su nivel de serotonina –otro neurotransmisor- baje y se produzca un desajuste físico y psíquico: No es broma, en esta etapa, nos volvemos un poco “locos de amor”.

En la segunda etapa, la del amor propiamente dicho, la clave reside en la oxitocina. Esa hormona del apego, cuyo efecto más fuerte se da durante el orgasmo, es la que incita el deseo de ver otra vez a la persona y, por ende, es la que produce el deseo de permanencia con él o ella. En este proceso se suma otra hormona llamada vasopresina. Y aquí entra lo interesante: La combinación de estas dos (oxitocina y vasopresina) bajan el nivel de dopamina y norepinefrina, es decir, al paso del tiempo la sensación de placer y la emoción de ver a la pareja disminuyen. Así las dos etapas son contradictorias: Una de intensidad y otra de estabilidad.

El amor así visto parece ser algo frío que se reduce a una serie de químicos que segregamos, y un fenómeno condenado al fracaso. La pregunta es: ¿Por qué si sabemos que esto es lo que pasa no somos capaces de darle su justa dimensión al amor? ¿Por qué lo hacemos el centro de nuestras vidas si, al fin y al cabo, sabemos que va a acabar siendo un acto rutinario sin sentido y, al parecer, fuera de nuestro control?

Porque hay algo que, como en casi todo, la ciencia no puede explicar. El amor, el verdadero, es elección y erotismo. En la llama doble Paz lo describe magistralmente:

El amor es una atracción hacia una persona única: a un cuerpo y a una alma. El amor es elección; el erotismo, aceptación. Sin erotismo -sin forma visible que entra por los sentidos- no hay amor pero el amor traspasa al cuerpo deseado y busca al alma en el cuerpo y, en el alma, al cuerpo. A la persona entera.

Sí, se ama en gerundio: Amando. Es una elección, una decisión de tiempo completo, de vida completa. Y su condición es lo erótico, eso que, como diría Vargas Llosa. “convierte el acto sexual en obra de arte”, porque el erotismo encarna al amor pero también lo espiritualiza: nos enseña el alma de ser amado. El erotismo es a la vez la puerta y el espejo del amor: implica el consentimiento pleno del otro u otra, es la permisión más grande para verla o verlo tal cual es: sin máscaras, sin maquillaje.

Y es ver a la “persona entera”, pero también es vernos a nosotros mismos en él o ella. Así, hacer el amor es uno de los más grandes actos de libertad, ya que permite dejar atrás la soledad. Una vez que elegimos amar, los químicos pasan a segundo plano. Será esa elección, esa decisión de amar, la que haga de cada acto, experiencia, recuerdo, y vivencia con la persona amada, el alimento del “nosotros” que se forma al amar. Porque, si sólo fuéramos químicos, nada tendría sentido: todo estaría predeterminado: seríamos meros títeres de nuestras hormonas.

Por eso no deja de llamar la atención el éxito del estreno de la película de 50 Sombras de Grey de E.L. JamesEstoy convencido de que su éxito reside en que pretende devolver al espectador a la etapa del enamoramiento, de la locura, del sexo desfachatado.  Más interesante aun, es que la hayan estrenado en la víspera del “día del amor”. Como estrategia de mercado es un acierto, pero, como símbolo abona a la confusión sentimental. La obra distorsiona ambas etapas: ni es enamoramiento, ni mucho menos amor. No es enamoramiento, porque la relación entre los personajes es asimétrica: no se reconocen, y no se quieren reconocer entre ellos. Sus encuentros rayan en la pornografía burda, y dejan atrás toda dosis de erotismo. No es amor simplemente porque no hay esa vocación de compartirlo todo: de hacer de dos, uno, y de uno, dos. La obra es mero entretenimiento superfluo y punto.

No se me malinterprete: no todo tiene que ser alta cultura. Pero creo que es importante que cuando uno vea la película sepa a lo que va. Uno simplemente irá a ver una película que a algunos va a entretener, a otros a ruborizar, y a otros, de plano, causar malestar. Algunos, como yo, iremos por mera curiosidad.  Lo que quiero decir es que no es una película sobre el amor y lo que implica -como he leído y escuchado en estos días. Como diría Gil Gamés: es fast food para el alma. No nos confundamos, el amor da para más, mucho más. Dicho esto: ¡Feliz día del amor!

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