Los Oscar, ‘falsos’ mexicanos

Carlos Puig desde hace un año ha escrito que los Oscar que recientemente han ganado los mexicanos no deben ser motivo de orgullo para México (Milenio 20/02/15).  El argumento de Puig es sólido y tiene varias aristas. En una nuez: Puig dice que ellos no se formaron profesionalmente en México, su cine es de corte universal y que ya son “ciudadanos del mundo”. Además, agrega que gran parte de lo que han conseguido ha sido porque decidieron salir de México.

El argumento de Puig da para muchas páginas, porque es un tema sobre algo mucho más profundo: La idea de lo nacional en el siglo XXI.

Pero analicemos, de forma muy somera, algunos de sus argumentos.

Empecemos por preguntar: ¿Si  el éxito no es de México, porque nos tenía a no pocos mexicanos expectantes de lo que pudiera pasar? ¿Por qué muchos sentimos orgullo al verlo recibir el Oscar como mexicano?, ¿Por qué sentimos que compartíamos ese éxito con él?

Creo que la respuesta está en una frase: Identificación sentimental. Y es aquí en donde la argumentación de Puig yerra. Su argumentación es formal: Nos da números, nos dice dónde estudiaron, nos pide ver cómo no fue bien recibida la película en México, etcétera.

Todo esto es cierto, pero deja de lado algo fundamental: Cuando argüimos que el éxito es para México, lo que queremos decir es que identificamos algo de nosotros en esos genios del cine mundial.

¿Qué es eso que identificamos? Pues que son mexicanos. Que nacieron aquí y por tanto, comparten algo de nuestra cosmovisión, de ese universo vital que da México como cultura.

Si el cine y el arte en general, son una capacidad de ver las cosas de forma distinta, de ver un “poco más” -como diría Stavans en su conversación con Villoro en el magnífico Ojo de la nuca– entonces, parafraseando a Paz, ambos tuvieron esos privilegios de la vista que sólo un país como México puede dar.

Es cierto que estudiaron cine en otras latitudes pero, ¿acaso la educación se ciñe a la formación profesional?, ¿dónde queda, pues, eso que bautizó Flaubert como “educación sentimental”? Y esa, qué duda cabe, tanto “el Chivo” como “el Negro”, la tuvieron en México.

Es cierto que la temática de Birdman, por ejemplo, no es mexicana, sino universal. Pero, ¿eso qué tiene que ver con que sea un éxito o no para México? Llevando el argumento a sus últimas consecuencias, entonces, Muerte Súbita, de Álvaro Enrigue no sería una novela mexicana, por suceder en otros tiempos y situarse, en su mayoría, en la Europa renacentista. Si Álvaro ganara un premio por esta última novela ¿no sería también motivo de orgullo para México?

Por último, dice Puig, que tanto González Iñárritu como Lubezki, son ciudadanos del mundo. Aunque no lo dice explícitamente, la afirmación de Puig parece presuponer que cosmopolitismo implica desarraigo. Pero esto, una idea que tuvo su apogeo en la época de la Ilustración, no es necesariamente cierta.

Hay un contraejemplo emblemático: Carlos Fuentes. Fuentes fue quizá el mexicano más cosmopolita que hemos tenido en los últimos años. Él también era un ciudadano del mundo. Teniendo esta cualidad, las novelas de Fuentes podrían ser calificadas como algunas de las más nacionalistas del siglo XX mexicano. ¿El que Fuentes se haya concentrado en lo local, le quita cosmopolitismo a su obra y semblanza? Claro que no. La clave está en reconocer que desde lo local se pueden tratar temas universales y viceversa.

Si Inárritu en Birdman no quiso hacer referencia alguna a México, qué más da. Lo que importa es saber que algo de México debe haber en la película, porque la mirada que la creó se educó en México. Esa mirada que comparte con nosotros una estética que nos hace sentir, precisamente, mexicanos. Y que alguien pueda ver el mundo, lo filme con ojos mexicanos y sea reconocido con la más alta presea de ése ámbito: Sí, si es un orgullo para México.

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