El éxito de House of Cards

House of Cards, qué duda cabe, ha tenido un éxito rotundo. Ahora que se estrenó su tercer temporada, vale la pena reflexionar del por qué de su éxito. Propongo dos hipótesis y una tercera reflexión a modo de cuestionamiento. Veamos.

En primer lugar, estéticamente la serie está muy bien lograda. Ambos, Claire y Frank, son personajes atractivos y sofisticados.  Siempre se les ve impecablemente vestidos, y en escenarios agradables. Hasta en el restaurante de costillas de Freddy -una total buhardilla- Frank no pierde el estilo. Asimismo las tomas están muy bien hechas. Muestran un Washington como lo que es: Una metrópoli política y cultural, espaciosa, con grandes zonas verdes, y diseñada para albergar a los tres poderes de la Unión. Las oficinas del Congreso, la Casa Blanca, y las oficinas de los jueces de la Suprema Corte, todas, destilan una elegancia dignas de su encargo.

En segundo lugar, por supuesto, la trama. Estoy convencido de que su éxito reside en que expone magistralmente lo que es la política y su materia: El manejo del poder. Desde los griegos se ha tratado de definir lo que es la política. Y, en mi opinión, es tan complejo el fenómeno que escapa a toda definición. Se pueden asir algunos de sus elementos: Confrontación, negociación, debate, intereses, consenso, etcétera. Pero no hay manera de definir algo tan dinámico y en el que se entremezcla a tal grado la razón y la pasión humana. Precisamente en esto reside la genialidad de la serie: No busca definir, sino mostrar lo que pasa en los entretelones del poder.

Más aún, uno puede ver lo que implica tener y manejar el poder. Lo decía Isaiah Berlin refutando la interpretación clásica de Maquiavelo: El florentino no separó la ética y la política, sino que mostró que hay una ética del poder. Esa ética del poder es la que se plasma en la serie. Vemos que quien se mueve en el terreno de la política tiene que obedecer a otro tipo de valores. No se me malinterprete, no estoy diciendo que los valores convencionales no les apliquen a los políticos, ni que no se pueda hacer política echando mano de un compás moral.

Al contrario, ese compás moral se amplía: El político, al tomar decisiones, tiene que ponderar entre los valores en los que fundamenta sus decisiones individuales, y los que fundamentan la acción política que afectan a una colectividad. Esto último es lo que Weber llamó la ética de la responsabilidad. Esa ética, esos valores, a veces tendrán que vencer a los valores de nuestras convicciones, simplemente porque pretender imponer una visión valórica a otras personas viola la libertad más básica de toda sociedad moderna: La libertad de escoger cómo vivir nuestra propia vida.

La tercera temporada muestra lo difícil que es esto (ojo: spoilers alert). En una de las escenas Claire Underwood, estando frente a los medios en el Kremlin, tiene un choque moral y, violando un acuerdo previo, arremete en contra del presidente Ruso y revela las circunstancias que rodearon un muy lamentable incidente. Aquí vemos como a Claire le gana la ética de la convicción. En esos niveles, eso es la política: Un cúmulo de acciones que implica escoger no entre un bien un mal, sino entre dos males.

Por último, resulta interesante el éxito de la serie en un entorno en que la política está tan desprestigiada a nivel mundial. ¿Por qué como entretenimiento es un éxito lo que pasa en la serie pero cuando lo vemos en nuestra vida cotidiana nos parece repugnante? ¿Por qué Frank Underwood atrae tanto como personaje y los políticos son vapuleados en cada esquina? No tengo la respuesta, pero creo que vale la pena plantearnos en serio la pregunta.

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