Religión sin dios

Ronald Dworkin fue uno de esos intelectuales que parecería están condenados a la extinción. Dotado con una inteligencia y erudición apabullante, no escatimó en saltar las fronteras que separan a las distintas disciplinas del pensamiento y encontrar sus convergencias. Se centró en estudiar puntos de contacto entre distintas ramas del pensamiento a partir de los cuales pudiera construir una teoría que le diera coherencia al bosque conceptual que rodea al ser humano.

El Fondo de Cultura Económica acaba de publicar un libro póstumo de Dworkin. El título es, en sí mismo, desafiante: Religión sin dios.  La obra reúne una serie de conferencias dictadas por el filósofo en diciembre de 2011 en la Universidad de Berna. Aunque él pretendía ampliar su aproximación al tema, enfermó en el verano de 2012 y  murió en 2013.

El texto recorre varios temas harto complejos, pero me quiero concentrar en uno: El punto de contacto que hay entre ateos y teístas (aquellos que creen en un Dios que, de cierta forma, rige sus vidas).

Dworkin parte de una premisa: La religión es algo más profundo que Dios: “Es una visión del mundo insondable, distintiva y abarcadora: afirma que todo tiene un valor inherente  y objetivo, que el Universo y sus criaturas inspiran asombro, que la vida de los humanos tiene un propósito y el Universo un orden”.  Por lo tanto, la religión no se circunscribe a aquellos quienes crean en un Dios omnipotente y creador, sino que también abarca a quienes tengan ciertas convicciones éticas sobre la vida.  Estas convicciones o valores son dos: En primer lugar, la vida humana tiene un significado o importancia objetiva y, en segundo lugar, la naturaleza no sólo “es una cuestión de hecho, sino que es sublime en sí misma: algo con valor y asombro intrínsecos”.

El filósofo muestra como para llevar una vida “religiosa” o ética debe haber un compromiso con estos dos valores. Y en el caso de los teístas muestra que la creencia en Dios implica un compromiso previo con una serie de valores, independiente de la existencia de éste. Me explico.

Si uno se abstiene de matar puede hacer dos tipos de juicio: Uno dogmático, que harían los teístas: “No mato porque Dios me lo ordena” o uno valórico, que harían los ateos: “No mato porque debo respetar la vida de los demás”.  El problema del primer juicio, dice Dworkin, es que no pasa un test lógico. El famoso principio de Hume dice que de un hecho no puede desprenderse un deber (de premisas fácticas no se puede llegar a una conclusión normativa) y eso es precisamente en lo que cae el primer juicio: Un mandato de Dios siempre será un hecho empírico. Por lo que se necesita, a su vez, que ese hecho esté respaldado por un juicio de valor y eso demuestra que hay una convergencia entre el razonamiento ateo y teísta. Este último, en algún nivel de racionalidad, tendrá que fundamentar sus acciones en juicios de valor que se apoyen mutuamente de la misma manera en que lo hacen los ateos.

Ahora bien, Dworkin no dice que la idea de Dios no sirva o que sea algo fútil. Al contrario, reconoce la ventaja que hay en tener ciertos estándares de comportamiento ético que sean interiorizados de forma metafísica. Lo que pretende Dworkin, como ya se mencionó, es ampliar el contenido semántico de lo religioso para que abarque también a las experiencias que viven personas que no creen en un ser supremo, pero que tienen una estructura ética y moral que los impulsa a querer vivir su vida en el mejor sentido posible, y a reconocer que en los misterios de la naturaleza hay verdaderas experiencias religiosas, es decir, verdaderas, bellas, insondables y asombrosas, que escapan a una explicación racional pero que intuimos que forman parte de nosotros.

Sin duda, el planteamiento es controversial. Pero es un comienzo para mejorar la comunicación entre los seres humanos y dejar atrás dogmas que tanto daño nos han hecho a lo largo de la historia.

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