Viajes con Heródoto

Alguna vez escuché que quien no viaja sólo lee una página del mundo. A esta reflexión agregué que quien no lee, viaja con una sola perspectiva del mismo; lo que equivale a abrir el libro y tratar de entender todo lo escrito sin saber el significado de lo ahí plasmado.

Esta pequeña reflexión la profundicé en estos últimos días. Gratamente leí “Viajes con Heródoto” de Ryszard Kapuściński. En éste el autor combina ambas cosas: La travesía y la lectura. Su primer deseo era cruzar la frontera, salir de su natal Polonia. Por azares de la vida, en su primera misión periodística es enviado a la India, lugar de suyo místico. Además, obtiene el libro de Historia de Heródoto, el cual lo acompañará en todas las travesías ulteriores.

Estos dos elementos -viajes a lugares interesantísimos y la lectura de Heródoto- son la hebra común de todo el libro. Así el autor reflexiona sobre el presente a partir del pasado, que le comparte Heródoto, y viceversa.

Como en todo libro, hay muchos temas que emergen, pero me quiero concentrar en dos en torno a los cuales Kapuściński hace reflexiones valiosísimas: La memoria y la historia.

Somos lo que recordamos. La memoria nos constituye y nos hace funcionales. Por eso, el perderla nos afantasma, nos aleja de lo humano (basta ver la gran película de Siempre Alice para percibir algo de esto). De ahí, dice Kapuściński, que exista esa “sempiterna lucha del hombre con el tiempo”, que es una “lucha contra la fragilidad de la memoria”. Luchas que constituyeron el impulso vital que llevó a alguien a dejar un símbolo plasmado en una piedra, a que después naciera la escritura, y claro, posteriormente, el libro.

Esa transmisión simbólica, al hacerse material, adquiría una dosis de eternidad (vaya palabra). Pero, ¿cómo confiar en el pasado? ¿Cómo saber si lo que recordamos es verdadero, es decir, que tiene un asidero en la realidad?

Aquí entra la segunda reflexión que el autor toma de Heródoto sobre la historia: “El pasado no existe. Sólo existen sus infinitas interpretaciones”. Esta frase lapidaria yo creo que encierra un enigma fascinante. Cada uno de nosotros vivimos en una realidad construida por nuestros conceptos y experiencias. “Las personas recuerdan aquello que quieren recordar y no lo que en verdad ha sucedido”, nos dice el autor. El enigma está en que nunca vamos a tener certeza alguna de lo que ha pasado, aún y cuando lo hayamos presenciado.

Y, sin embargo, la vida en comunidad es posible. Hablamos los unos con los otros, se hacen promesas, éstas se cumplen, nos relacionamos y nos comunicamos. Me parece fascinante que habiendo tantas murallas que nos separan, podamos convivir.

Estas dos reflexiones son pertinentes para percibir la valía de la labor periodística. Las historias narradas en el libro son tan buenas, porque el autor no se contenta con narrar una serie de hechos y reportarlos, sino que indaga en el significado de las cosas. Para eso recurre a la historia: Lee, lee y relee. Y como sabe que toda historia es subjetiva, también acude a fuentes de primera mano, habla con la gente, camina, ve, percibe. Y sólo después: escribe.

Así entrevemos un autor paciente con el tiempo y con la memoria, que disfruta de los detalles, ya que son estos lo que nutrirá de una riqueza excepcional al relato: Como cuando describe el maquillaje de la mujer india, o el semblante de los chinos, o los detalles de la monumental Persépolis. Un escritor que sabe que su trabajo es de pespunte: de ir hilvanando hechos, historias, ideas, nombres, dichos, entrevistas, monumentos y paisajes.

Siempre consciente de que por más investigación que haga, por más veracidad que parezca que contiene una pieza periodística, siempre hay algo de subjetivo en todo ese proceso. La simple consciencia de lo anterior dota de un sentido de responsabilidad a quien escribe. Responsabilidad hacia la memoria y la historia, principales fuentes de un reportero, de un buen reportero.

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