Cuentos, cuentos y más cuentos

Recuerdo que hace años un profesor en a universidad nos dijo: Ustedes ya no leen cuentos ¿verdad? Nos lo dijo con una mezcla de tristeza y asombro. Parecía insinuar que cómo andábamos por el mundo sin recurrir a ese género, no entendía cómo éramos funcionales sin leer cuentos, sin acercarnos a ellos.

Pues esta semana intenté escribir un cuento, y aunque había leído varios cuentos desde tiempo atrás, esta semana me concentré en su fisonomía, en su textura. Al hacerlo las palabras de mi profesor retumbaron fuerte en mi cabeza durante el proceso: Leía y leía y me preguntaba ¿por qué ya no leemos cuentos si son unas verdaderas joyas culturales? Dos botones para muestra:

Primero que nada asombran por su belleza nuclear, por esa necesidad de decir algo en un texto relativamente corto. Decía Cortázar que los cuentos deben de ser esféricos, es decir, requieren de cierta simetría, aunque no se note o se haga patente. Y sí, tienen una estética propia: Lean Funes el memorioso de Borges y uno puede percibir lo más cercano a la perfección.

En segundo lugar, impresiona su temática. Hay tal vastedad de temas tratados, que es imposible no quedar pasmado ante la infinitud de nuestra imaginación. Ya sea cuento fantástico, policial o realista, todos abrevan de esos pequeños detalles de la vida que no percibimos, pero que cuando nos detenemos a unir los puntos, a relacionar los detalles, develamos un mundo fantástico. Uno después de leer un cuento ve distinto. Se vuelve a fijar en los detalles.

Con esto en mente, seguí intentando escribir mi cuento. Pensaba frases. Imaginaba conversaciones. Hacía descripciones de seres hermosos, de lugares, de recuerdos, de ideas. Luego borraba lo escrito. Volvía a leer. Me costaba trabajo. Es tan difícil no caer en un lugar común, en lo fallidamente bello, en lo cursi sin más.

Luego pensé en que, en efecto, la gente parece ya no leer cuentos. Y que el cuentista no es alguien con un estatus respetado. Recordé un texto de Valeria Luiselli en El País en el que decía cómo recibía una cantidad importante de solicitudes de textos, pero que no le podían pagar por ellos.

Pensé cómo no nos damos cuenta lo trabajoso que es escribir en general, y cómo ya no le damos valor a los que tienen el don de hacer precisamente eso: Escribir. Y volví a pensar en los cuentistas, en que cada vez escasean más, y si eso no está relacionado con que le ponemos precio a todo pero ya no valoramos nada. Y no, no he terminado mi cuento.

Facebook Comments