Nostalgia a la chilena

Hace dos años llegué a trabajar a la Embajada de México en Chile. Mi llegada fue inesperada y azarosa. Un gran hombre me invitó a formar parte de un proyecto que me colocó en un lugar envidiable para conocer ese gran país. Hoy que se encuentra la Presidenta de Chile en México, he sentido una especie de saudade, de honda nostalgia, por sentir, como bien decía Pessoa, esa presencia de lo que está ausente. No digo que en Chile todo fue miel sobre hojuelas, pero sí que en Chile viví una travesía que dice mucho sobre ese país y su gente. Me explico.

La primera sensación que uno tiene al llegar a Santiago es ambivalente: Por un lado, uno sabe que está en América Latina, que se habla castellano, y que hay un ánimo colectivo identificable. Por el otro lado, uno ve una ciudad casi impecable, silenciosa,  y gente con una personalidad bastante reservada. Chilenos y chilenas siempre respetuosos y cordiales, pero en cuyas pupilas uno nota que han visto mucho y cuya personalidad está teñida de un dejo de inquietud frente a la otredad.

Lo anterior es obviamente una generalidad, y como todas, odiosas, pero yo no dejaba de intuir que ese sentir –que además era compartido por muchos extranjeros- debía tener una explicación y, por lo menos encontré dos hipótesis que creo dan luz sobre la actitud chilena y, a la vez, dibuja las maravillas de ese país.

Uno de los primeros libros que leí en Chile fue Formas de Volver a Casa de Alejandro Zambra. Y de ese libro recuerdo que al terminarlo tuve la primera pista de lo que intuía: Esa sombra en las pupilas de algunos chilenos era la sombra de la dictadura pinochetista. Es difícil para un mexicano dimensionar lo que significa vivir bajo un régimen verdaderamente dictatorial. Por más que se quiera comparar el régimen de la hegemonía priísta con una especie de dictadura, lo cierto es que nada tienen que ver.

Allá fueron 16 años en los que muchos vieron desmoronarse un mundo y emerger otro en donde la incertidumbre reinaba en la atmósfera. Esos años hasta la fecha marcan el espíritu de todo Chile, simplemente porque fueron de tal magnitud que uno está obligado a definirse tanto políticamente como vitalmente respecto de aquello para un sinnúmero de cuestiones: Desde la concepción de la familia hasta la del Estado.

Cuando vislumbré el peso de la dictadura, comprendí que no era una descortesía lo que yo veía en la actitud de varios chilenos, sino un halo de sosiego, del tipo que tiene toda persona que puede dimensionar sus problemas porque ha soportado uno real y profundo. Ahí entendí que lo que muchos confunden con un acto de soberbia, es en realidad, un acto de humildad hacia la vida.

Además, Chile tiene una bella aura solitaria. Nunca había vivido la verdadera soledad como allá. Pero no es el tipo de soledad que uno sataniza, sino que es  de esas soledades que alimentan el alma. Uno puede estar verdaderamente solo y conocerse. Creo que eso deviene de que, en sí, Chile es un país solitario en el sentido más literal de la expresión.

Bordeado por la cordillera de los imponentes Andes y por el Pacífico, al norte el desierto de Atacama y al sur los glaciares, Chile se puede mantener aislado y realmente verse a sí mismo, porque su soledad lo llena de calma. Y en esto, me parece encuentra asidero su atmósfera poética. Es decir, esa calma trasluce a la actitud de sus poetas ante su mundo, los versos de Neruda, de Mistral, de Huidobro, de Parra, se entienden mejor cuando siente esa calma, esa soledad, que Chile es capaz de generar.

Facebook Comments