Actitudes frente al Gabinete

Escribo estas líneas unas horas después de que el presidente Enrique Peña Nieto anunciara los cambios en su gabinete. Para los que hemos participado en tareas de gobierno es una tarea fascinante -diría que casi adictiva- el entrar al juego de la futurología ministerial. Frases como: “¿Qué has escuchado?”, “¿quién se va?”, “¿quién llega?”, “¿por qué será?”, “a mí ya me dijeron que él es el bueno”, se vuelven moneda corriente en nuestro entorno.

Así, después de estar toda la semana atento al anuncio y la mañana del mismo sacando conclusiones de unas cuántas frases, salí a comer con una persona totalmente ajena a este tipo de reflexiones. Mi comensal ni idea tenía de los cambios y, la verdad, tampoco le interesaban. Esto me hizo preguntarme varias cosas. Me explico.

¿Por qué la actitud de total indiferencia de mi amiga frente al anuncio? Cavilé un rato y recordé un artículo que leí hace algunos meses el New York Times, cuya principal tesis es que la política debía ser una actividad que pasara desapercibida a la mayoría de las personas. Ahí se hacía un símil entre montar un día de campo y la función del gobierno: Ambas, en su visión, debían guardar ciertas similitudes: pasar lo más desapercibido posible para los participantes.

Es decir, tanto los comensales como los ciudadanos no deberían preocuparse por la montadura y la organización del marco de convivencia, sino sólo tendrían que poder realizar la actividad que pretenden. Todo ello sin reparar en lo que hace posible que ellos puedan convivir. David Hume decía más o menos lo mismo: El gobierno debería ser algo dado y tan funcional que su existencia debería pasar desapercibida. Obviamente es una concepción del gobierno muy liberal –un gobierno mínimo– con la cual yo no concuerdo.

Pero reconozco que lo contrario, es decir, mi posición frente a la gobierno deriva de una relación muy personal con la actividad política en sí. Somos algunos los que hemos podido asomarnos a las tiranteces del poder, y de ésos, menos los que hemos sido atraídos por la misma. Atrae, claro, el poder. Sin embargo, no sólo el poder ostentado y el despliegue físico del mismo (es impresionante cómo las personas de un día a otro empiezan a caminar y hablar distinto) sino lo implica en la vida de miles de personas y la forma en cómo éste es manejado: Mediante una serie de reglas no escritas, de símbolos, de señas, y, sobre todo, de silencios que emiten meros mortales.

Aquí encuentro la diferencia entre mi actitud y la de mi amiga. La de ella es una posición que divorcia a la política del gobierno, la mía es la contraria: Yo no concibo un gobierno sin política. Las dos posiciones son válidas y pueden diferenciarse: La primera se asienta sobre instituciones; la segunda, se asienta sobre una concepción del poder cuyo epicentro son las decisiones tomadas por ciertas personas bajo circunstancias extraordinarias.

Por eso, para los que concebimos el gobierno de esta última manera, anuncios como los de ayer son muy reveladores. Los nombramientos ponen rostro al gobierno y así recordamos que, al fin y al cabo, somos nosotros mismos los que nos gobernamos y dotamos a algunos del poder para hacerlo. Y lo que hagan con éste es harina de otro costal, de un gran costal.

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