Miedo

Después fuimos a un bar. Mi estado etílico ahuyentó a la mujer de
la comida y toda esperanza de acostarme con ella. Acto seguido,
recuerdo estar recargado en la barra oteando el derredor. Era un espacio
atestado de cuerpos moviéndose al ritmo de la canciones que sonaban,
todos empujándose unos contra otros, todos ignorándose, sin embargo,
compartiendo ese ritmo y una sensación de desconexión que da la mezcla
de alcohol y música.

De pronto paró la canción de moda y en un breve momento de lucidez,
recuerdo ver a Claudia sentada en un rincón, delante de una cuba, con
los codos en la mesa. Le lancé una fuerte mirada desde el otro lado de
la barra y ella correspondió levantando la cara y bosquejando una tenue
sonrisa en su rostro. Lo que sigue lo recuerdo a medias. Algo le dije,
algo me dijo, medio bailamos y nos fuimos. Esa fue la noche en que me
empecé a enamorar.

A las dos semanas prácticamente vivía conmigo. Claudia cursaba su
último año de filosofía y letras en la Universidad Nacional y todo el
tiempo restante lo pasaba en un departamento que logré alquilar en el
poniente de la ciudad. Yo conseguí un puesto menor en la edición de un
suplemento cultural de poca circulación y escribía por encargo textos a
periódicos y revistas.

Recuerdo todo a detalle porque ha sido la única época en que mis
ambiciones pasaron a segundo plano. Mi eje vital dejó de ser mi vida
profesional. Esa aspiración de volverme escritor, un verdadero escritor,
cedió ante la imponente figura de Claudia. Me volví adicto a remover la
tristeza impresa en su mirada. Al poco tiempo me di cuenta que el
orgasmo no era la única vía, sino que había detalles, nimiedades de la
cotidianeidad, que tenían el mismo efecto. Hablar de surrealismo,
completar un rompecabezas, después de bañar salir en una toalla inmensa,
sentarse en el sillón de la sala y mirarse en el reflejo de la ventana
tomando café. Así, mojada, semidesnuda.

Mi adicción se disparó. Hice todo lo que pude pensar: sexo,
rompecabezas al por mayor, comprar mejor café, toallas más cómodas,
citar a Breton de memoria. Hasta a fumar aprendí.

Pasaron seis meses y tres días. Una noche yo me encontraba acostado
al lado derecho de la cama, Claudia en el otro, y mi computador en medio
de ambos. Ella se quedó dormida y las luces cambiantes de la pantalla
hacían que su cuerpo pareciera en movimiento. Sus hombros, espalda, y
casi perfectos muslos eran un oleaje perpetuo. Después me fijé en sus
largas pestañas y en la forma de sus ojos, redondos, sumergidos en una
sombra profunda. De pronto el computador se apagó. Me quedé a oscuras y
poco a poco mi retina se acostumbró al entorno y pude ver en la
penumbra. Prendí un cigarro y empecé a trazar círculos en el aire. En
eso volví a ver a Claudia. Su semblante tenía el sello que había tratado
de quitar durante los últimos seis meses y tres días. Hasta en sueños
era triste. Sentí miedo.

Cavilé por un rato más. Prendí otro cigarro. Salí a la calle y entré
en el primer bar que pude. De pronto, en el fondo, vi a Claudia.
Reconocí su cara, su tez aceitunada, esos ojos redondos, la
inconfundible mirada de tristeza. Pero había algo diferente. Entorné los
ojos, le di otro trago a mi cuba. Me acerqué poco a poco. Estaba en la
misma pose que cuando la conocí: codos sobre la mesa y frente a una
cuba. De pronto empecé a notar la diferencia, a unos metros de distancia
ya veía los surcos en su rostro, marcas nuevas, trozos de piel
colgante, algo de papada. Era ella pero con treinta años más. Me miró
fijamente. Sostuvo la mirada durante unos segundos y dio un trago a su
bebida.

No sabía cómo reaccionar. ¿Era esto posible? ¿En verdad es ella?, me
pregunté. Quería saludarla, conversar, saber qué había pasado con su
vida, ¿con nuestras vidas? Pero me invadió el mismo sentimiento de miedo
que tuve minutos antes. La mirada triste se había expandido y ahora
abarcaba todo su ser. La envolvía un aura de tristeza que me atraía y
repelía a la vez.  Ganó la atracción. Me senté y la saludé.

Hola, le dije.

Hola, me contestó.

¿Qué haces aquí? ¿Qué ha pasado?

Esto es lo que pasa cuando quieres hacer feliz a alguien.

No entiendo.

Mi tristeza. Hasta eso me querías quitar.

¿Me acusas de quererte hacer feliz?

Por favor no caigas en lugares comunes, respétate más
intelectualmente. No es eso. Te acuso de querer quitarme algo mío, mi
tristeza.

¿Te gusta ser triste?

Te digo que no seas imbécil. Escucha lo que te digo. No estoy
diciendo que me guste ser triste, pero sí que me quisiste quitar eso. Y
no lo lograste.

Es lo que veo.

Es que no te das cuenta que esa loquera de quererme hacer feliz, lo
único que acabó haciendo fue proyectar tu tristeza sobre mí. No
entiendes la gente tiene que moldear su tristeza, vivirla, consumirla.
Me redujiste a un coctel hormonal que pensaste podías manipular.

Sólo hacía lo que te gustaba.

Sí, pero al hacerlo me condenaste.

¿A qué?

Piensa. Yo te daba miedo. Supiste que ese rostro, el que acabas de
ver esta noche, es el que siempre tendría. Era parte de mí. Supiste que
eso no lo podías controlar. Y aún así seguiste. Desdibujaste parte de mi
personalidad. La cancelaste. La olvidaste.

Pero mi intención era componer esa tristeza.

La tristeza no se compone, se vive, se comparte. Veme. ¿Ves a una
mujer feliz? Lo que ves es una mujer que no pudo, no sabe vivir.

¿No sabes ser feliz?

Otro lugar común. Hoy andas muy ocurrente ¿verdad? Deja de ver
telenovelas y escucha, piensa. Nadie, nadie, sabe ser feliz. Ahora
pretender hacer feliz a alguien es un objetivo que raya en lo cómico.

¿Entonces te aburrí?

No del todo. Siempre la he pasado bien contigo.

¿Entonces… seguimos juntos?

Pues estamos platicando de nosotros.

¿Pero estás triste?

Sí. Todos los días pienso en tomarme cien, trescientas pastillas para dormir y no despertar.

¿Despertar junto a mí?

Sí.

Sigo sin entender.

¿Por qué crees que sentiste miedo hace rato?

Aún no lo sé.

Te di miedo porque te diste cuenta de que te podía dejar en cualquier segundo.

Por eso quería hacerte feliz.

No. Querías crear un alud de necesidades para que yo te necesitara.

¿Lo logré?

Pues mírame.

¿Me convertí en escritor?

No. Nunca te atreviste a crear un mundo. Al convertirme en el centro
de tu vida, al querer hacerme feliz, como le dices, renunciaste a vivir
tu vida. Y al hacerlo, nos jodiste a ambos. No pudiste escribir algo
digno, porque nada habías vivido. Te quedaste anclado en el pasado, en
ese breve destello de originalidad que te dio tu estancia en el
extranjero y el pinche cuento que te publicaron. ¡Ah! Nunca dejaste de
hablar de eso. Yo caí. Te necesité. Dependía de ti para echar un polvo,
para gozar una taza de café, para armar un rompecabezas. Acabando la
carrera nunca hice nada más, porque sentía que todo lo tenía. Lograste
cambiarme. Hacerme creer que bastaba con estar “enamorada”. Todo era un
cuento. Me sentía feliz, sí. Pero nunca noté que las huellas de la
tristeza no se borran, se esconden o se presumen. Las escondí y hoy me
siento más triste y desdichada que nunca. Qué tonta fui.

¿Por qué viniste hoy al bar, sola?

Porque tú estás en el hospital y te estás muriendo.

Me quedé mudo. Respiré hondo. Es un sentimiento extraño el saber
cuándo uno morirá. Le di un beso en esos labios delgados, rojizos,
arrugados. Tomé su cabeza y la puse en la boca de mi estómago. Olí su
cabello y el olor era el mismo. Regresé a mi departamento. Ella seguía
del lado en que se quedó, pero boca abajo. Miré fijamente sus nalgas,
sus piernas, la planta de sus pies. Pensé en despertarla para hacerle el
amor como nunca antes. Destornillarla de placer. Me acosté de mi lado.
Sentí miedo. Otra vez, miedo. De esa clase que hace que el tiempo se
disuelva, que no haya sensación de presente ni de pasado ni de futuro.
Ella sería triste y yo me moriría sin haber vivido. Cerré los ojos. Ya
nada tenía sentido.

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