Adiós al Detective Salvaje

No suelo releer libros. Si acaso lo he hecho dos veces y fueron de ciencias sociales. No lo había hecho con una novela. Siempre tuve la idea de que la historia debería anidar en el espíritu del lector y desdoblarse a través de la memoria.

Era, por así decirlo, tener a la mano la posibilidad de contarme a mí mismo la historia no como era –o es–, sino como la recordaba. Pero hace poco comencé la relectura de Los Detectives Salvajes de Roberto Bolaño. No pretendo hacer una crítica a la novela, ni decir algo sobre la misma, sino una breve descripción de lo que la relectura ha significado para mí en un sentido meramente intelectual.

La primera vez que leí Los Detectives debí haber tenido 20 años. Es decir, 9 años menos que el día de hoy. Y hace algunas semanas encontré el mismo ejemplar que leí por aquella época. Dejando al lado la obviedad de que quien cambió fui yo y no el texto, la relectura me ha traído no pocas sorpresas.

La primera es que cada vez que me adentro en sus páginas me sorprendo de la fragilidad de mi memoria. Una historia que tengo casi totalmente subrayada, me es totalmente ajena. Claro: recordaba algunos personajes, dos o tres escenas prominentes, pero nada más. Me sorprende que hay episodios y escenas deliciosas que son enteramente nuevas para mí. No creo que hayan pasado desapercibidas durante la primera lectura (son demasiado buenas); simplemente, creo, las he olvidado.

Esta reflexión me trajo una inevitable sensación de pérdida y de humildad. Recordé que una de mis profesoras en la universidad nos decía que, máximo, retenemos el 7 u 8 por ciento de lo que leemos. Yo pensé que su juicio era aplicable sólo a los libros académicos, pero no a las historias que marcan una época de tu vida. Pero estaba equivocado. Leer es olvidar.

La segunda sorpresa es que no creo que haya vivido una experiencia similar que me haya hecho sentir tanto el paso de los años. Veo las anotaciones al margen y no reconozco ni la caligrafía ni la importancia atribuida a un pasaje en particular, a una expresión, a una palabra. Es una sensación rarísima verse a sí mismo en otro tiempo. Es diferente a un diario, ya que en este el autor explica el contexto de lo plasmado; en cambio en el libro, son anotaciones espontáneas de ideas que pasan como tormentas pasajeras.

Y esto es lo que más me gustó de la relectura: Que es una especie de espejo del tiempo, en el que me veo a mí mismo leyendo en otro tiempo, con otras ideas, más liviano, otros ideales, siendo otro. Así, la relectura se torna no en dos sino en tres lecturas: La primigenia del texto, la que nos lleva al pasado, y en la que nos leemos a nosotros mismos y tratamos de descifrar quienes somos ahora a través de la mirada de ese yo más joven y, ciertamente, más abierto a la vida. Por eso, creo, antes quería ser un detective salvaje, hoy ya no me apetece tanto la idea. La vida pasa.

Facebook Comments