Unas líneas y un poema sobre el terror

Unas horas antes de escribir estas líneas un grupo de hombres armados asesinaron por lo menos 27 personas en el hotel Radisson Blu, en Bamako, capital de Malí. Vuelven a dar vueltas en mi cabeza las frases que escribió Jesús Silva-Herzog Márquez el lunes en Reforma.

También, como él, dudo del sentido de escribir algo sobre lo que sucedido. La tragedia de París habla por sí misma. Es una imagen cruenta de nuestro mundo, un fresco desolador de nuestra humanidad. Me detengo, pues, en unas cuantas reflexiones, o, mejor dicho, preocupaciones.

(i) Es impresionante el alud de dichos sin sustento que se leen a diario en redes sociales y en artículos de “opinión”. Simplificar lo que pasó es lo peor que se puede hacer. No es este un alegato a fin de que todos se tornen en especialistas en Oriente Medio y en terrorismo para opinar, pero sí uno apelando a la prudencia y al sentido común. Las opiniones cargadas de odio generan más odio, que es lo que menos necesitamos.

(ii) Lo leí en algún lugar, y tiene todo el sentido: Lo que hoy vemos no es un “choque de civilizaciones”, sino un “choque de fanatismos”. Son las ideologías –en el sentido peyorativo– las que dominan las acciones de los que tienen el afán de acabar con el otro. La negación de la otredad humana es una proposición que no se sostiene ante la mínima crítica racional.

(iii) Temo que las reacciones por parte de los países europeos empeoren la situación. Los hechos son oro molido para aquellos líderes cuyo discurso se alimenta del rechazo a las minorías. No creo que levantar muros entre las naciones sea la solución, sino, más bien, tender puentes sólidos entre las mismas. ¿Cómo hacerlo? No tengo una idea clara, pero empecemos por involucrarnos todos y entender el problema de fondo. En la historia, maestra de la vida, sin duda, hay algunas claves de solución.

El mismo Silva-Herzog citó un poema de Wislawa Szymborska, vale la pena leerlo en su integridad para vislumbrar la crueldad del terrorismo:

Un terrorista: él observa

La bomba explotará en el bar a las trece veinte.
Ahora apenas son las trece y dieciséis.
Algunos todavía tendrán tiempo de salir.
Otros de entrar.

El terrorista ya se ha situado al otro lado de la calle.
Esa distancia lo protege de cualquier mal
y se ve como en el cine:

Una mujer con una cazadora amarilla: ella entra.
Un hombre con unas gafas oscuras: él sale.
Unos chicos con vaqueros: ellos está hablando.
Trece diecisiete y cuatro segundos.
Ese más abajo tiene suerte y sube a una moto,
y ese más alto entra.

Trece diecisiete y cuarenta segundos.
Una niña: ella va andando con una cinta verde en el pelo.
Sólo que de repente ese autobús la tapa.

Trece dieciocho.
Ya no está la niña.
Habrá sido tan tonta como para entrar, o no,
eso ya se verá cuando vayan sacando.

Trece diecinueve.
Y ahora como que no entra nadie.
En vez de entrar aún hay un gordo calvo que sale.
Pero parece que busca algo en sus bolsillos y
a las trece veinte menos diez segundos
vuelve a buscar sus miserables guantes.

Son las trece veinte.
Qué lento pasa el tiempo.
Parece que ya.
Todavía no.
Sí, ahora.
Una bomba: la bomba explota.

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