El Chapo y sus pares internacionales

El Chapo, ante todo, es un asesino. Lo señalo porque pareciera que la novela construida a su alrededor diluye del imaginario colectivo esta cualidad. Este olvido no es casual, tiene una explicación.

La trama de la “Chaponovela” que estamos presenciando abreva, principalmente, de las producciones literarias y cinematográficas originadas después de la época de la prohibición en Estados Unidos de los años veinte.* Las figuras de Al Capone, Nucky Johnson, y Lucky Luciano se impusieron de tal forma que sus rasgos pasaron a ser parte de la cultura popular. Basta ver la serie Boardwalk Empire para constatarlo.

El Chapo también representa una imagen distorsionada de lo que Eric Hobsbawm denominó “bandido social”. Éstos —según el historiador británico— eran aquellos personajes, que se rebelaban contra el estado de cosas existentes y no podían entenderse fuera de un orden político y social. Al igual que El Chapo, vivían fuera de la ley; pero, a diferencia de él, tenían un objetivo social: distribuir la riqueza de una manera más “justa” —como podría ser el caso de Robin Hood en Inglaterra— o bien, erigirse en revolucionarios como Pancho Villa.

El problema es que Joaquín Guzmán Loera se ha visto beneficiado de ese barniz “social” o “altruista” que envolvía a los bandidos sociales. En tono heroico, de él se cuentan historias en las sierras de Durango y Sinaloa. Los rumores de su obra social, de su caridad con los más pobres, pululan en la esa zona del país —para darse una idea basta ingresar a YouTube y escuchar los corridos compuestos en su nombre. Lo mismo pasó con Pablo Escobar en Colombia. Escobar construyó más de 50 campos de futbol en los barrios más pobres de Colombia y un barrio entero denominado “Medellín sin Tugurios”, en donde se estima que, de su propio bolsillo pagó la construcción de más de 143 casas. Bueno, hasta parlamentario llegó a ser. Historias de este tipo también se saben de los integrantes de la Mafia Siciliana o de los gángsters de Chicago y Nueva York. Y es que el vacío de poder que colmaban era tan grande y profundo que servían como mediadores entre distintos grupos y organizaciones (comerciantes, empresarios, políticos, artistas, sindicatos, entre otros), lo cual no sólo les permitía, sino les exigía otorgar beneficios a uno u otro grupo social para mantener su poder.

Sin embargo, en el fondo: todos ellos son responsables de miles de muertes. Se nos olvida porque esa imagen de hombre fuerte, que vive fuera de los contornos de la ley, y cuya excepcionalidad le da licencia para matar, tiene un gran atractivo comercial en la actualidad. Es un atractivo bastante simplista: ahora cada quien quiere hacer lo que le venga en gana. Y eso representan los forajidos, los criminales, los asesinos: la excepción a las reglas más básicas de la vida en común. Resulta indispensable, pues, distinguir entre los distintos personajes y sus acciones. Una cosa es ser un revolucionario —y esa caracterización no exime de responsabilidad moral tampoco, como bien lo señaló el Che Guevara en sus diarios—; y, otra, un criminal que hace lo que quiere, cuando quiere, con el único propósito de ganar dinero. El Chapo pertenece a este último grupo. Que no se nos olvide: Escobar, Al Capone, y El Chapo, fueron, ante todo, unos asesinos.

*Escalante Gonzalbo, Fernando, El crimen como realidad y representación. Contribución para una historia del presente. México: El Colegio de México, Centro de Estudios Internacionales, 2012.
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