¿Por qué la indiferencia? Sobre empatía y algo más

El 13 de marzo un coche-bomba explotó en el centro de Ankara, la capital de Turquía. La estela del estallido dejó 39 muertos y 125 lesionados. La noticia tuvo algo de resonancia en algunos medios, pero se disolvió rápidamente. Casi nada se dijo sobre el caso. Ante esto las reacciones no se hicieron esperar. Los atentados en París cimbraron a Occidente. Miles de perfiles en Facebook se tiñeron de los colores de la bandera de la tierra de Voltaire. Sobre Turquía, en cambio, dominó el silencio, la impavidez. ¿Qué es lo que marca la diferencia entre una y otra reacciones? Principalmente, la empatía.

Este sentimiento, acaso uno de los que más nos define como humanos, es la capacidad de ponerse en el lugar del otro. Aunque el discurso político y moralmente correcto dicta que debemos sentir la misma desolación tanto en el caso de París como en el de Ankara, lo cierto es que nuestra capacidad de empatía no se da en un vacío, sino que precisa de una circunstancia. Y esa circunstancia la dictan múltiples factores, pero principalmente los medios de comunicación.

La capacidad de empatía necesita de familiaridad con la otra persona: su cultura, su territorio, su lengua. He ahí el meollo del asunto. Prenda usted la televisión u hojee el periódico y apuesto a que encontrará que sobre Oriente Medio la cobertura noticiosa es precaria, predominantemente negativa y monotemática. Conflictos armados, actos terroristas y hambrunas son noticias habituales en esas latitudes. Por ello cuando una bomba explota en el centro de Ankara no causa mayor conmoción. Aun sin ser parte de Medio Oriente, los englobamos dentro de esta región conocida por ser conflictiva. Es algo que se espera, que creemos “habitual” en el peor sentido del término. No así en Paris, en donde fácilmente nos podemos visualizar y cuya cultura, en muchos sentidos, es la nuestra.

El problema con lo anterior es que simplificamos el mundo y no reparamos en los detalles de cada país. El caso turco es emblemático. El centro de Ankara no difiere mucho de Times Square en Nueva York, Picadilly en Londres o el Paseo de la Reforma en México. Como México, Turquía es el punto de contacto entre dos regiones. Nosotros somos bisagra entre América del Norte y Latinoamérica; los turcos, entre Europa y Oriente Medio. Turquía también tuvo una revolución nacionalista en el siglo XX, se ha modernizado economicamente, y poco a poco ha abierto su sistema político. ¿Vive en el exterior y extraña el arroz con leche, el flan, la barbacoa o los tacos al pastor? La comunidad turca siempre tendrá una solución eficaz para disminuir la nostalgia.

Pero todo esto pasa inadvertido por lo que ya dije: la cobertura mediática deja mucho que desear. Por eso debemos reflexionar sobre el papel de los medios en estos asuntos. Sin ellos la empatía no es posible, porque son ellos los que nos “muestran” el mundo y nos relacionan con la otredad. Echar luz sobre los asuntos positivos de esas regiones explicar su fascinante cultura son tareas pendientes en Occidente. Ante tal oscuridad, no vemos más allá de la superficie, lo que trae prejuicios y estereotipos que alimentan la discriminación y el rascismo; y así terminamos por construir más muros y menos puentes. Como mexicanos, nosotros entendemos muy bien qué quiere decir esto.

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