Entre nostalgia y melancolía

Hay una palabra en portugués que es intraducible a cualquier otro idioma: saudade. La saudade cabalga entre la melancolía y la nostalgia; no es extrañar, no es enfermar por lo que se fue y no volverá, sino es la presencia de aquello ausente. Es nostalgia impostada, melancolía de oropel. La situación política que atraviesa Brasil actualmente es una verdadera saudade política. Es la saudade del Lula que fue, no del que está presente.

Brasil no se entiende sin su sentido de excepcionalidad. Desde la forma en que fue colonizada –más que una conquista propiamente dicha, se trató de una traslación de una parte del imperio luso, de una costa del Atlántico a otra—, su idioma y muchas de sus costumbres. Más recientemente se distinguía de las demás naciones latinoamericanas que descollaban en el concierto internacional —México, Chile, Uruguay, Colombia— por ir a contracorriente en temas como el proteccionismo económico, política exterior (con una posición mucho más agresiva, con miras al Atlántico) y formando parte de los BRICS, que, como diría Casio Luiselli, es más bien un “club de conveniencia sin argamasa ni continuidad geográfica”.

Y bajo la presidencia de Lula parecía que nadar contra corriente —ser la excepción— efectivamente tenía sentido. Carismático, con una narrativa personal de innegable mérito personal, el presidente Lula supo manejar su país y sacar lastre de lo que parecía condenado a lo opaco. Durante su presidencia el gigante sudamericano despega: presenta un crecimiento anual mayor a siete por ciento, logra sacar de la pobreza a más de 25 millones de personas y crea programas sociales que pronto se convierten en arquetipos internacionales (Bolsa Familia, Cruzada XX). Sin embargo, como en Dinamarca, algo olía a podrido.

El boom de los commodities fue gloria y daga para Brasil. Era fácil: extraer, sembrar y vender. Comercio simple. En especial con una China que se mostraba invencible. Pero ante la abundancia de capital no industrializan lo suficiente su economía, ni trazan una ruta de inversión de largo aliento. Si a eso se le añade una compleja y bien cimentada red de corrupción, puesta en evidencia con el caso Petrobras (en el que se inmiscuye tanto a Rousseff como a Lula), entonces tenemos la tormenta perfecta: lo que podía quedarse como mera crisis económica transmuta en una enorme crisis política.

Lo interesante del caso es que en su epicentro no está, como parecía, la presidenta Rousseff, sino Lula. Eso explica que lo haya nombrado Jefe de la Casa Civil, el puesto más importante del gabinete, para otorgarle fuero y protegerlo de los procesos judiciales iniciados en su contra. Es una saudade vivísima: Dilma defiende al Lula que está presente pero ausente, porque el país que construyó era más espejismo que arena. Parecería que Lula es Brasil y hay que protegerlo a toda costa. El problema es que ese Brasil ya no existe.

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