Adiós a un gran político

Hace unos días murió Patricio Aylwin, quien fue Presidente de Chile de 1990 a 1994, cuyo mandato pone fin a la dictadura pinochetista y reanuda la tradición democrática chilena. La figura política de Aylwin no deja de ser compleja, llena de pliegues, de grises, más que de tonos monocromáticos. En tal complejidad, creo, reside su legado.

Lo primero que llama la atención de él es su sentido de convicción. No me refiero a una convicción dogmática, sino a aquella que surge de cierta lectura del devenir histórico y construye racionalidad práctica. Aquella que lleva a actuar después de reflexionar. Esto le permitió, a su vez, oponerse al gobierno de Allende en 1970; a dar una especie de guiño al golpe del 1973; a retractarse de esta decisión a finales de los años 70, a apoyar el plebiscito de 1988 y a abanderar a los partidos que formaron la celebérrima concertación que, bajo el rótulo de Nueva Mayoría, gobierna Chile hasta hoy en día. Aylwin pudo hacer todo esto sin caer en inconsistencias gracias a que hacía lo que realmente creía. Más bien, porque se convencía de lo que debía hacer, pero siempre con una óptica realista.

Aquí hay otro punto que merece la pena destacar. No fue esclavo de los hechos ni idealizador de los mismos. Es decir, tuvo una habilidad excepcional para observarlos, medirlos, calibrarlos en su justa dimensión. Supo salirse de la botella, como decía Wittgenstein, y observarse a sí mismo y a su entorno.

Vio los riesgos de la llegada de Allende y se opuso férreamente al gobierno de la Unidad Popular, sí, pero –y más importante aún- aceptó que cometió un error al apoyar sutilmente el golpe militar. Pocos políticos reculan expresamente y salen más fortalecidos. Aylwin lo hizo. Cuando cayó en cuenta que el gobierno militar tenía pretensiones autocráticas se convirtió en su principal opositor. Junto con Ricardo Lagos –y otros chilenos de una gallardía notable- derribó el régimen de Pinochet por la vía pacífica.

Los dos puntos anteriores pintan a un personaje con un olfato político extraordinario. Habría que añadir algo más: Patricio Aylwin fue un gran gobernante. La frase por la que más será recordado es por haber expresado que, respecto a la dictadura, se haría “justicia en la medida de lo posible”. Frase que en su momento fue muy criticada, hoy es más comprendida. Don Patricio conocía sus límites. Sabía que Pinochet, aunque derrotado en el plebiscito, seguía presente en el escenario político (seguía siendo Jefe de las Fuerzas Armadas). Y así, con moderación, poco a poco, logró hacer simplemente lo correcto. En su gobierno se instauró la Comisión de la Verdad y Reconciliación, que hizo justicia y no venganza, como muchos pretendían.

Además, fue una figura clave para México. Antonio Ávila alguna vez me contó que, por azares del destino, él se encontraba en Santiago el día de su unción como candidato de la Concertación. En medio de reporteros y flashes de cámaras, Antonio logró llegar hasta Aylwin y se presentó como mexicano. De inmediato y con gran amabilidad, Aylwin le dijo que lo primero que haría como presidente sería reanudar las relaciones diplomáticas con México (que se habían roto 16 años atrás por el golpe militar). Y así lo hizo. Una calurosa mañana de 1990, en la Avenida Américo Vespucio, las puertas de la residencia de México en Chile se abrieron de nuevo. Pero ésa ya es otra historia.

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