La caída del mito chileno

Leo que el ministro del Interior de Chile, Jorge Burgos, renunció a su cargo. Con el nombramiento de su sucesor, Bachelet habrá tenido a tres personas distintas en el que es el puesto más importante de su gabinete. Este hecho, aunado a todo lo que se percibe de Chile (casos de corrupción, una ruptura del oficialismo, desplantes inexplicables de la presidenta y una bajísima popularidad de su figura), trasluce una crisis política que hace unos años era impensable. Lo que antes era una ínsula de la prosperidad parece perder su encanto, pero ¿por qué?

Cuando regresó a Chile, después de dirigir por dos años la organización ONU Mujeres, era incuestionable que ella sería la líder de los partidos de la Nueva Mayoría (la coalición que sustituyó a la antigua Concertación). Fue su figura la que logró que, por primera vez desde el golpe del 73, el partido comunista chileno aceptara asociarse con los demás partidos de izquierda para formar gobierno. Ganó las elecciones presidenciales con el 63 por ciento de los votos y su popularidad empezó arriba de 50 por ciento. Pero en su virtud encerraba su vicio. El carisma de Bachelet se ancla en que hay una transferencia de los chilenos hacia su figura privada. El vínculo entre los electores y ella es uno de corte personal, más allá del político. No la veían como la típica figura política: su tono y sus formas la acercaban al chileno y lo emocionaban de forma inusual. Y así Bachelet se convirtió en una emoción. El problema es que, al transmutar en esto, la política deja de tener un componente básico: la capacidad de racionalizar, precisamente, las emociones.

Por eso cada escándalo, cada traspié de su gobierno, ha afectado en demasía la legitimidad de su gobierno. Cada error político de Bachelet es un asunto que el chileno se toma como algo personal. El tiro de gracia sucedió cuando estalló el famoso caso Caval. Un caso de corrupción que involucraba de manera directa a su hijo en un negocio inmobiliario. El asunto lleva año y medio de haber estallado y el golpe a Bachelet fue monumental. De ahí se inició una crisis política que no ha podido ser sorteada por el Ejecutivo porque afectó el cimiento de su estilo personal de gobernar. El chileno se dio cuenta de que Bachelet no era alguien “especial”, sino que era como los demás, de carne y hueso, y que cometía errores, como todos. En otro lugar podría haber salido del problema con dos o tres acciones concretas. En Chile, Bachelet, no.

Eso explica que su aprobación, según la última encuesta Adimark, ronde el 25 por ciento. Esto también explica que las acusaciones del exministro Burgos hayan sido más personales que políticas. Las dos cosas van de la mano: perdió legitimidad con la ciudadanía, pero también con su equipo. Y Bachelet parece ir en picada. Y con ella el mito chileno. No es poca cosa.

Facebook Comments