“Me rechaza porque me ama”

Basta un monitoreo rápido en prensa y redes sociales para apreciar la nube de incertidumbre que sobrevuela en el ambiente. Respecto al Brexit: todo es espasmo. Todo fue inesperado. Todo era impensable. En vez de escribir sobre las consecuencias de este hecho –que, literalmente, modifica el orden mundial– quiero concentrarme en otra cosa: en por qué muchos asumimos que la victoria del Brexit era imposible.

Ya lo decía Wittgenstein: los límites de nuestro mundo son los límites de nuestro lenguaje. Es decir, entendemos el mundo a través de los conceptos que adquirimos a lo largo de nuestra vida. Los hechos que suceden en la realidad son asimilados por nuestro intelecto y a través de un proceso de relación conceptual y lingüística los dotamos de sentido. Así, nunca nadie ha visto un unicornio, pero puede imaginarlo porque hace una relación conceptual. Ésa es la maravilla del ser humano, esa capacidad de imaginar, de ver más allá, de relacionar hechos, de crear realidades.

El otro lado de la moneda es lo que se llama disonancia cognitiva, que no es más que un divorcio entre la realidad y lo que pensamos. Uno piensa algo que simplemente no está ahí, no existe, no pasa, pero cada hecho se interpreta para reafirmar la creencia que tenemos en nuestra mente. Yo puedo pensar que una mujer está enamorada de mí, y suponer que el hecho de que no conteste mis llamadas y mensajes, y el rechazo a mis invitaciones son sólo el signo de que ella está vuelta loca por mí, pero es muy penosa para manifestarlo, “me rechaza porque me ama”. Así, todo lo que ella hace nada más fortalece la hipótesis que únicamente flota en mi maravillosa cabeza. Pero, claro, es totalmente falso.

Esto último es lo que creo que nos pasó a los que nos tomó por sorpresa la victoria del Brexit. Nuestro concepto de Europa está tan arraigado en nuestra mente que simplemente no concebimos una Unión Europea sin el Reino Unido. Para muchos era una idea demencial, lejana, difusa. Creíamos que no era más que una campaña de una nostalgia transitoria y que ganarían las fuerzas progresistas, inclusivas y liberales. Pero no. Y no lo vimos porque no lo quisimos ver. Nos despertamos y Reino Unido ya no estaba allí. Peor aún: más de 15 millones de personas votaron por irse y lo lograron. Permítanme usar aquí la primera persona: ¿Cómo es posible que no me haya dado cuenta de lo que pretendían 17 millones de personas en un país que conozco bien –ahora es un decir— porque viví ahí? Mucho tiene que ver con la manera en que procesamos la información. Hoy en día mi generación decide qué escucha, qué ve y qué lee como nunca antes en la historia. Escogemos las canciones en Spotify y no se acostumbra a escuchar la radio, leemos las noticias en internet –que nosotros escogemos con sólo darle clic—, y seleccionamos a quienes seguimos en Twitter y Facebook. Y por eso pasaron desapercibidos esos 17 millones de votantes: nunca quisimos verlos. Ahora me doy cuenta de cuál es el problema: esos 17 millones –la mayoría, mayores de 60 años— vivieron otros tiempos, disfrutaron de los beneficios del Estado de Bienestar en todo su esplendor y son los mismos a los que la inclemencia de la globalización no ha sabido incluir. Muy tarde. Disonancia cognitiva al máximo.

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