La simplificación odiosa

Lamentablemente se ha vuelto un lugar común el decir que los todos los terroristas son musulmanes. Lo primero que uno piensa al escuchar sobre un atentado terrorista es que fue perpetrado por algún seguidor del Islam. La noción se ha construido en parte a una cobertura sesgada de los medios occidentales hacia lo que ocurre en Medio Oriente, y también, a concepciones muy arraigadas en nuestro entorno cultural. La serie de televisión Homeland, aunque muy bien hecha, puede dejar este sabor de boca, pues explota el amplio abanico de clichés ya existentes en la mentalidad estadounidense/occidental para crear una estética “desgarradora” ad hoc. Posiciones binarias, que dividen al mundo entre buenos y malos reafirman esta forma de ver al mundo. Pero la realidad no es así de simple. El Islam, como toda creación humana que se manifiesta a través del lenguaje, está sujeto a múltiples interpretaciones que cambian en el tiempo y espacio.

El Estado Islámico (EI) promueve una lectura extrema del Islam que no representa a la totalidad de la comunidad de devotos y que hoy debe ser analizada a fondo. El objetivo de la organización es establecer un califato por medios francamente medievales y sus ideas entran en choque con la concepción de los devotos regulares. Como ejemplo, recordemos que la división del Islam en sus ramas principales, sunitas y chiitas, se remontan a la muerte misma del profeta Mahoma y a la controversia sobre quién sería su sucesor. Ambas lo reconocen como fundador de la religión. Por esto, el que EI haya atacado la Mezquita del Profeta hace algunos días y durante época sagrada del Ramadán, en la ciudad sagrada de Medina, es una afrenta al propio islam tradicional.

Así, el EI se cuece aparte y no encaja en las clasificaciones comunes. La afrenta de “Occidente” no es contra el Islam ni contra los musulmanes sino contra una organización terrorista, no muy diferente a ETA o a Sendero Luminoso. Es decir, se trata de una organización con una causa –la cual da sentido a su lucha— que busca influir con violencia en la agenda local e internacional, al tiempo que infunde un profundo sentido de angustia y pánico entre la población. Su particularidad radica en que necesita dominar cierto territorio –de ahí que se autodenomine como Estado- y cuenta con el apoyo de atacantes solitarios como los que actuaron en Orlando y Bangladesh.

Estas distinciones, estos matices, son muy importantes para lo que viene. Recordames que el EI es producto de una intervención donde los tomadores de decisiones nunca lograron entender la dinámica cultural del país en el que se encontraban (Irak). Su política de ataque al “eje del mal” sólo desencadenó una marea de muertes y una trágica paradoja: a los tres mil muertos en la Torres Gemelas le sobrevinieron 4,500 muertes de estadounidenses, 250 ingleses, y más de 150,000 civiles iraquíes. Ya Ricoure decía que el mal es una aporía, un vacío conceptual, y que debemos concentrarnos más bien en el sufrimiento que causa. Se necesita, pues, menos cruzadas y más bálsamos realistas: más sanación y menos heridas.

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