La historia de M y Trump

M vive en el estado de Indiana, no muy lejos de South Bend. Sólo cursó la elementary school o primaria; o sea que sabe leer y escribir de forma muy elemental, pero no más. Desde su adolescencia, M se dedicó a trabajar la granja que sus padres le heredaron. Nunca ha salido de su estado natal. Tuvo tres hijos, dos varones y una mujer.

De tez enrojecida, producto de la labor cotidiana al aire libre, M trabaja de sol a sol. Su vida es rutinaria, más por necesidad que por disciplina. Su vida social es igual de limitada. A lo más, convive con dos o tres familias durante todo el año de rasgos muy similares a su propio núcleo familiar: tienen el mismo acento, se reconocen en su tono de piel, en la textura de su ropa, en el arcoíris azuloso de sus pupilas.

Al final del día, la mayor satisfacción de M es sentarse en la terraza y que su esposa le lleve una cerveza. Después entra en su habitación y prende el televisor. Ve algunos canales de deportes y una que otra noticia. De los deportes entiende lo básico, de las noticias entiende menos. Es, por decirlo de alguna manera, una comprensión visual: si ve a un cadáver tapado con una funda de tela negra, una ambulancia y un montón de policías que lo rodean, entiende que alguien mató a otro. No entiende, por ejemplo, por qué si ve Fox News la culpa del homicidio siempre es de Obama, pero si ve CNN el responsable es alguien más. Pero eso no le importa mucho. Los efectos de la cerveza y el sosiego de la noche lo acurrucan hasta dormirse.

Así transcurrió el último medio siglo en la vida de M. Un día, su hija de 25 años va de fiesta a South Bend con sus amigos. M se levanta al día siguiente, como todas las mañanas. Sin embargo, nota algo raro. El café no está hecho y la que lo preparaba todas las mañanas era su hija. La busca y no la encuentra. Desespera. Conduce hacia la ciudad. En la medida que se acerca a la calle de la fiesta, nota lo mismo que ve en el televisor, la misma imagen: ambulancias, policías, y una funda negra. Se baja y pregunta por su hija. El oficial baja su cabeza y le dice: I’m sorry, a su hija la han violado y matado. “¿Quién fue?”, pregunta, con lágrimas en los ojos. El oficial señala a un joven. En ese momento de furia, sólo se le quedan grabadas dos cosas del agresor: su piel y su nombre. Su piel, por ser diferente a la suya —morena—, y su nombre por similitud fonética con lo que ha escuchado en la televisión: César Pérez, o José Pérez, o algo Pérez. Le dicen que es mexicano. Inmigrante. No ilegal, sino estudiante. En su cerebro se incrustan las palabras “mexicano” e “inmigrante”.

M entierra a su hija. Llega a su casa, prende la televisión y pone más atención de lo normal. Donald Trump acaba de aceptar la nominación del partido republicano a la presidencia de los Estados Unidos. Escucha su discurso, donde menciona que hará un muro para que los mexicanos no entren a su país, pues todos los males son culpa de ellos, de los inmigrantes. Esa noche M no duerme y decide votar por Trump.

¿Cómo explicarle a M que la muerte de su hija no se debe al color de piel o al origen étnico? ¿Cómo decirle que Pérez no mató a su hija por mexicano o por inmigrante, sino por perturbado? ¿Cómo decirle que Trump lo está usando de manera inmisericorde, porque juega con sus sentimientos más íntimos? No sé y Trump puede ser Presidente.

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