¿Ganó Dylan y perdió el mundo?

Empiezo con una confesión: me impresionó mucho que Bob Dylan haya ganado el premio Nobel de Literatura. Hasta ahorita me entero que ya se le había mencionado como candidato en el pasado, y que había –y hay– opiniones serias, informadas, sobre la justificación de su nominación. Y aunque he leído muchos artículos celebrando la decisión de la Academia Sueca, sigo sin estar convencido de la misma. Hay tres pensamientos que constantemente me vienen a la mente:

Las actividades que realizamos a diario precisan de un sentido, de un significado. Si usted ve a una persona que mueve un cúmulo de ladrillos de un mismo lugar a otro durante varias mañanas, sin ton ni son, al poco tiempo pensará que esa persona necesita ir a un manicomio. “Su actuar es un sinsentido”, pensará usted. Pero si después le informan que la persona mueve los ladrillos para ejercitarse, entonces le podría parecer algo extraño, pero ya no dudará de la sanidad mental del excéntrico deportista, porque ya dotó de sentido al movimiento matutino de los ladrillos. Así operamos los seres humanos a diario: necesitamos de conceptos –en este caso el concepto de ejercicio– que doten de sentido a los hechos del mundo. Y la Literatura es un concepto. Un concepto difuso y difícil de descifrar, sí, pero en el que no todo cabe. Éste es mi primer reparo sobre el premio a Dylan: se ensancha mucho el concepto de literatura para insertar en su campo semántico las magníficas letras de su música. Rafael Estrada Michel, con el sarcasmo que lo caracteriza, publicó ayer en Twitter que lo que viene es premiar con el Nobel de Química al protagonista de Breaking Bad, Bryan Carston. Carston es un actor, no un químico; y Bob Dylan es un cantautor, no un literato.

También pienso en algo más profundo. Tal y como Vargas Llosa lo ha dicho: la lectura es una actividad lenta, sosegada, que cala en los huesos. En un discurso en la Universidad de Salamanca dijo: “las ficciones cinematográficas de ninguna manera tienen ese corolario lento, retardado, que posee la literatura en el sentido de sensibilizarme respecto a lo que son las deficiencias de la realidad y hacerme sentir la importancia de la libertad”. Cambien la palabra “cinematográficas” por “musicales” o “líricas” y el argumento pesa muchísimo. La música y la literatura son experiencias culturales del más alto vuelo, pero distintas. Producen reacciones disímiles y abrevan de arsenales creativos diferentes. Al confundirlos, como escribió Anna North en The New York Times esta semana, pierde la literatura porque “Bob Dylan no necesita un Nobel de Literatura, pero la literatura sí necesita un Premio Nobel”.

Concluyo. En algún lugar leí que darle el premio a Dylan era una forma de responder a la oleada de populismos de derecha que irrumpen nuestro orden mundial, en específico a Trump. Qué mejor que premiar a un estadounidense contestatario, de izquierda, defensor de los derechos civiles desde hace décadas para confrontarlo con el impresentable candidato republicano. Es un argumento que se antoja verosímil pero que conlleva un riesgo. El Nobel de Dylan también transmite otro mensaje: basta con escuchar canciones y poner atención a la letra para leer literatura. Si el premio Nobel se lo dan a Dylan, entonces para qué leer a García Márquez, a Vargas Llosa, a Paz, a Svetlana Aleksiévich. El problema es que es al revés: la mejor forma de combatir a Trump es leyendo a estos autores, porque la literatura nos permite vivir otras vidas, transportarnos a otros mundos, e inconformarnos con nuestra realidad. “Masters of War” es una excelente canción, pero no deja la huella indeleble ni el grado de reflexión que sucede a la lectura de Voces de Chernobil, o La Fiesta del Chivo. Insisto: son cosas distintas. Nada más.

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