Algunas reflexiones sobre Fidel Castro

Este artículo se sumará, qué duda cabe, al torrente de tinta que se derramará por la muerte del comandante Fidel Castro. Llevo todo el día leyendo opiniones sobre la muerte de Fidel. No es sorpresa que levante pasiones y que las opiniones salgan más de la víscera que de un ejercicio analítico. Esto último es lo que quiero hacer: una primera aproximación analítica. Veamos.

A una persona que detenta el poder por 47 años en un país donde no hay libertades democráticas hay que llamarlo por su nombre: un dictador. No hay más.

El éxito de la Revolución se dio en el plano cultural. ¿Quién no se siente atraído por la idea de que dos jóvenes barbones -fornidos, cultos, elocuentes- que se sentaban en el Café Habana de la Ciudad de México pudieran, años después, adentrarse en la Sierra Maestra, derrocar un gobierno, y plantar cara al imperio más poderoso del mundo; todo en nombre del amor, la fraternidad latinoamericana y la igualdad? Muy pocos. Y, para constatar este éxito cultural, prenda ahorita, amable lector, su televisor u hojeé un periódico y vea las odas de muchos hacia Fidel. Pero hay que distinguir entre el Fidel mítico, y el Fidel real. Fueron muy distintos.

Hay que evaluar los tan aclamados éxitos políticos y económicos de la Revolución. ¿Éxito político? No en un plano formal. Todo proyecto basado en una suerte de marxismo feneció con la caída del muro de Berlín. Y el castrismo sobrevivió gracias que fue un régimen anclado en una personalidad fortísima, por naturaleza única e irrepetible. En lo económico también fracasa. Basta caminar un día por la Habana vieja y ver las filas interminables que los cubanos hacen para obtener los bienes más básicos para su supervivencia. Se han repetido hasta el cansancio sus dizque éxitos en materia educativa y de salud. Habrá que calibrarlos y ver realmente cómo viven todos esos médicos y cubanos ilustrados.

No hay que dejar de decirlo: ningún proyecto de poder, ni siquiera una Revolución tan icónica como la cubana, justifica la violación de derechos fundamentales. De ni una persona, en ningún momento. Todas las persecuciones, los arrestos políticos, la discriminación, el espionaje, el control social férreo, y la censura -todas esas intromisiones en la esfera más íntima de los cubanos- no pueden, no deben, ser justificadas bajo el manto romántico de la Revolución, o de la Liberación del pueblo cubano de la opresión imperial yanqui. Como dijo Yoani Sánchez en su Twitter, ayer murió “el hombre que decidió cada detalle de la Cuba en la que nací y crecí […] Durante mi infancia y adolescencia Fidel Castro decidió desde lo que comí, hasta el contenido de mis libros escolares” Esa intromisión estatal en el plan de vida de una persona es, simplemente, inaceptable.

La muerte del Comandante debe llevar, como ha insistido desde hace tiempo Jorge Castañeda, a una reflexión dentro la izquierda latinoamericana. Es la oportunidad de que ésta se deshaga del yugo ideológico cubano. Es hora de que acepte y apuntale la libertad económica sin dejar de lado su vocación social e igualitaria. Debe decidirse a defender, sin cortapisas, la democracia y las elecciones como únicos mecanismos para llegar al poder. Y debe darle un cauce realista, mesurado, y muy bien trazado, a las demandas de las minorías y de aquellos agraviados por la modernidad.

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