La carta de Obama a Trump

El día de la toma de posesión del presidente Trump hubo un momento muy especial. Aquel instante en que Obama coloca sobre su escritorio de la Oficina Oval una carta para su sucesor. Es tradición que los presidentes salientes dejen esa carta a quienes los reemplazan. La cámara de algún reportero captó esos cuantos segundos. ¿Qué palabras contenía ese sobre de Obama a Trump?

No lo sé. Pero me gustaría que le dijera que lo que sintió durante todo ese día –en esas primeras horas de su mandato–, ese dolor en el estómago que muchos estadistas describen, tiene un nombre. Se llama responsabilidad. Que toda la parafernalia que vio, toda la ceremonia, todas las formalidades, todos los detalles de ese día están pensados para que él se sintiera tan pequeño como una persona puede sentirse y vislumbre lo que representa como institución. También que todo ese simbolismo tiene otro propósito: transmutarlo en algo más que un hombre, en un símbolo. Un símbolo capaz de arrastrar a miles de personas a una guerra o a una sublevación interna. Obama pudo transmitirle que ese sentimiento de victoria, de éxito, pronto se diluye, y empieza a dominar uno de preocupación por estar a la altura de lo que la gente espera de él. Asimismo, le pudo haber dicho que una de las improntas del poder es la soledad: estará solo, muy solo, porque las decisiones más difíciles –inimaginables para el resto de los mortales– las tendrá que tomar consigo mismo. Le pudo recordar que toda acción performativa de su parte modificará la realidad para miles de personas. Es decir, cada dicho, gesto, tuit, discurso, o decreto presidencial tendrá un impacto en el terreno de los hechos y cambiará el futuro de propios y extraños. Y que a pesar de haber vivido muchos años bajo la luz pública, nada –nada- lo ha preparado para lo que se avecina. A nadie lo preparan para mandar en tal magnitud y esa influencia puede carcomerlo por dentro.

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