Los dilemas de “Hasta el último hombre” de Mel Gibson

La película de “el último hombre” de Mel Gibson es, en una palabra, estremecedora. El director logra tener al espectador a la orilla de la butaca durante toda la película. Y es que la trama cobra vida a partir de una historia que tiene mucha tela de donde cortar. La película retrata una parte de la vida de Desmond Doss (Andrew Garfield): un ferviente seguidor de la Iglesia Adventista del Séptimo Día que se enlista en el ejército para ir a la Segunda Guerra Mundial, pero se niega a tocar un arma. A  partir de este caso de objeción de conciencia, la película introduce al espectador a algunos dilemas muy interesantes.

En primer lugar, demuestra una forma de resolver un dilema filosófico complejo. Al notar que Desmond no tocaría un arma, las autoridades militares tratan de echarlo del Ejército. Su argumento -nada descabellado- es que tomar un arma y estar dispuesto a disparar es consustancial a la actividad de ir a la guerra. Al no hacerlo, Desmond, pone en peligro la vida de todos sus compañeros, porque no estaría en condiciones de defenderlos en un ataque. El caso llega a los tribunales y se zanja de una forma peculiar (no adelanto cuál). Pero el argumento –excepcional, peculiar-  a favor de la postura de Desmond se construye a lo largo de la trama. La objeción de conciencia triunfa sobre otros valores – por ejemplo, la defensa armada de la patria siempre y cuando no se perjudique a alguien. Por eso, en principio tienen razón los militares: Desmond no debería ir a la guerra porque su mera presencia sin armas en el campo de batalla pone en riesgo a los demás, es decir, afecta a alguien. Sin un arma no los podría defender de un ataque a distancia, y  lo más seguro es que él muera primero –con lo cual disminuye el número de soldados de la unidad y aumenta la probabilidad de la derrota. También distraería a varios de los soldados cuando tengan que protegerlo o salvarle la vida, y el tiempo en la batalla es esencial. Sin embargo, la película resuelve el dilema a partir de la personalidad de Desmond. Él demuestra tal tesón y valentía que deja de ser una carga para su unidad y transmuta en un símbolo de fortaleza. Aquí vemos la impronta del cine de Gibson, pues, como bien lo dice Daniel Krauze (http://www.elfinanciero.com.mx/opinion/hacksaw-ridge-y-las-contradicciones-de-mel-gibson.html) la película sigue la línea trazada en La Pasión de Cristo, nada más que ésta es “La pasión de Desmond”. Es la fe de un individuo, la que lo separa del resto de los mortales y hace su propio universo de reglas: sólo alguien con la firmeza de convicciones de Desmond puede ir sin armas a una guerra.

La película también retrata muy bien lo siniestro de la guerra. A través de imágenes muy realistas e impactantes, el espectador ve cómo los soldados en la guerra se reducen a muñecos de plomo. La cámara logra transmitir la fragilidad humana: ante las balas y las granadas parece que no somos más que un saco de órganos. Por eso, el mensaje de lo absurdo de la guerra despunta. Parecería que en la guerra el ser humano deja de ser fin y se convierte en medio. Es el medio para conquistar algo, para defender algo, para lograr algo. No quiero, por supuesto, menospreciar a quienes con verdadero heroísmo acuden a la guerra plenamente conscientes de sus responsabilidades y un verdadero amor a su patria. No. Lo que digo es que, vista desde fuera, el espectáculo de la guerra siempre resulta cruento e inhumano. Gibson logra transmitir esto cuando enseña el otro lado de la moneda. Hay una escena en el que muestra el sufrimiento del ejército japonés. Al verla, uno recuerda que los otros no son unos demonios ni unos malditos, sino seres humanos, con ritos y creencias, con fe y convicciones. Muestra a soldados japoneses muertos de miedo y a un Desmond ayudándolos también a ellos. Quitando el tinte religioso, la película nos recuerda que aún en la guerra compartimos algo con el enemigo. Eso que se llama humanidad. Y lo logra magistralmente.

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