Rodolfo Vázquez: filósofo del derecho

Hace unas semanas, en otro blog de la revista NexosJosé Woldenberg publicó la reseña de uno de los últimos libros de Rodolfo Vázquez. En éste, Woldenberg hace una anotación sobre el tono de su artículo: “Es tan vasta y sugerente la obra de Rodolfo Vázquez que decidí en esta ocasión hacer unas notas sobre uno de sus libros […] Creo que en una época en la que la visibilidad pública de muchos académicos está más ligada a sus rasgos de personalidad, vale la pena recordar que lo nodal, lo relevante, siempre es su obra.”

Nada que objetarle a Woldenberg. En efecto, lo más importante, lo que perdura, de un académico es su obra. La obra de Rodolfo es, como bien se menciona en el artículo, vasta, vastísima, por eso la discusión alrededor de ella es prácticamente inagotable. No obstante, en este texto pretendo dar cuenta de otro aspecto de la obra de Rodolfo, mucho más centrada en su papel como filósofo del derecho y docente. Y, en este sentido, aquí sí me atreveré a mencionar algunos rasgos de su personalidad, porque no es posible entender al profesor Rodolfo Vázquez sin tocar algunos aspectos de su carácter. Rodolfo nos ha formado a muchos —directa o indirectamente— y esta nota pretende ser un testimonio de eso. Aclaro que no se trata ni de un reconocimiento ni de un homenaje a él —conociéndolo, esto le resultaría chocante. Lo que sí puede destilar es un aire de profundo agradecimiento, lo cual es inevitable. Pues, al final, Rodolfo Vázquez es un personaje enteramente atípico: se trata de un hombre de virtudes públicas y, al mismo tiempo, virtudes privadas.

Así, antes que nada, Rodolfo es un filósofo del derecho que abreva de la tradición analítica. Aunque pareciera que esto ya es moneda corriente en el ámbito académico contemporáneo, creo que es de suma importancia recalcarlo, porque, como dice Garzón Valdés, “no es fácil definir con precisión qué ha de entenderse por “filosofía analítica””.1 Y no es otra cosa más que un método para abordar la realidad que surge en los albores del siglo XX en Europa. Ese método consiste en tomarse el lenguaje en serio y, con ello, ser conscientes de nuestros límites para aprehender la realidad misma. Desde mi punto de vista, la filosofía analítica se explica mejor en sentido negativo: el método del análisis nos vacuna contra el esencialismo, las falacias y la charlatanería. Nos obliga a depurar las expresiones que usamos a diario, pulir nuestros conceptos, preguntarnos qué queremos decir cuando decimos esto o aquello. Si digo que algo es “bueno”, ¿puedo definirlo? ¿Sé a qué me refiero? ¿A qué apelo con el vocablo “bueno”? Este método es sumamente importante cuando hablamos sobre derecho porque el lenguaje jurídico está plagado de expresiones y palabras cuyo significado es vago o ambiguo. El buen filósofo del derecho —y el jurista en general— debe poder operar con maestría en los campos lingüísticos y lógicos, para saber cuando una expresión debe aclararse y, más importante aún, cómo hacerlo.

Sin embargo, Rodolfo no es un filósofo del derecho analítico sin más. Es un filósofo analítico consciente de las debilidades de esa corriente, sobre todo, en el campo de los valores y de la ética. Así lo explica cuando dice que su propósito es

construir una filosofía analítica del derecho ya desprendida de su ropaje empirista inicial, dispuesta sin falsos temores a incorporar conceptos metafísicos como condiciones de cualquier discurso racional y anclada en una metaética objetivista “mínima”, pero necesaria, para dar cuenta de la multiplicidad de dilemas ético-jurídicos” […] “En un esfuerzo de síntesis diría que la concepción que he tratado de desarrollar podría enmarcarse, como ya señalé, en el amplio campo de la filosofía analítica contemporánea y, muy particularmente, desde una ética jurídica que calificaría de liberal igualitaria.2

Es decir, el profesor Vázquez asume la responsabilidad de hablar de valores. Y esto lo hace porque él entiende al derecho como una “una realidad dinámica que consiste en una práctica social compleja donde incluye, además de normas y procedimientos, valores, acciones y agentes; considera enunciados que juegan un papel relevante en el razonamiento práctico e incorpora otras esferas de la razón práctica como la moral, la economía y la política, y que se concibe como instrumento para prevenir o resolver conflictos, al mismo tiempo que es un medio para la obtención de fines sociales”.3

En ese sentido, Rodolfo Vázquez se inscribe dentro de la órbita postpositivista, al lado de autores como Nino, Dworkin, y Atienza. Vázquez sabe que para darle sentido a esa práctica los valores son necesarios, pero también sabe que para hablar de valores es necesario saber cómo hablar de éstos, y aquí echa mano de una teoría política y ética que dote de sentido a su pensamiento. Por eso, se asume como un liberal igualitario y navega en la estela iniciada por Rawls y perfeccionada por Nino y muchos otros. Así, construye todo un edificio conceptual que va desde su adopción de una “ética objetivista mínima” para de ahí desprender una serie de principios —de corte liberal igualitario—, derechos y, finalmente, a la persona moral que pueda ejercerlos.

¿Por qué es importante recalcar lo anterior? Porque al adoptar…

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