El reto tecnológico

Es ya un lugar común decir que la velocidad del cambio tecnológico es apabullante. Que la tecnología ha cambiado tanto el rostro del orbe que, a veces, parece irreconocible. Pero, ¿de qué tamaño es el cambio? ¿Cómo influye realmente ese cambio en nuestras vidas, en nuestras sociedades, en nuestros gobiernos?

Thomas L. Friedman bosqueja una respuesta en su último libro Thank you for being late (Gracias por llegar tarde). Según él, los cambios tecnológicos que cambian la forma cómo vemos y vivimos en el mundo, hoy en día, tardan 5 o 7 años en realizarse. Para dimensionar el dato, Friedman toma una anécdota de Lawrence Summers. En 1988, Summers trabajaba en una campaña electoral y recuerda que entró a su coche y encontró un teléfono celular. Se impresionó por ver uno fuera del hogar y en una unidad móvil. Tan sólo 9 años después, cuando Summers era Secretario Adjunto del Tesoro y se encontraba en una misión en África, uno de sus asesores le pasó una llamada en un celular en medio de la nada. Es decir, la tecnología celular avanzó tanto en sólo 9 años que ahora se podía hablar de un lado al otro del mundo sin tener un cable de por medio. El punto es que todos estos cambios tienen una correlación con nuestra conducta diaria y poco a poco van cambiando nuestra forma de ser. Pensamos distinto, procesamos información de otras maneras, nuestras preocupaciones cambian. Por poner un ejemplo, según Nicolas Carr, la generación millennial ya no piensa linealmente; ahora, su proceso de pensamiento es más parecido a pensar en ventanas de manera simultanea.[1] De esta manera es más difícil que lean un libro profundo y largo, pero mucho más fácil que utilicen varias aplicaciones tecnológicas a la vez.

Y he aquí la cuestión. Si ya se sabe que la tecnología impone un cambio de dinámica social cada seis o siete años, ¿cuánto nos tardamos nosotros en adaptarnos a esto? Según Friedman, el periodo de adaptación oscila entre los 15 y 20 años, por lo que vamos 9 o 13 años atrás. Es decir, los seres humanos no asimilan inmediatamente cada disrupción tecnológica ni a nivel individual ni colectivo. Nos toma tiempo adecuarnos al cambio, y vamos rezagados en relación con el mismo. El problema es que esa dislocación, ese desajuste, genera un sentimiento de incertidumbre y de ansiedad. Muchos de los problemas actuales pueden trazar su origen a este fenómeno: la ansiedad, la prisa, el sentimiento de frustración constante, tan sólo son consecuencia de la rapidez con la que cambia el mundo y la irrupción de fenómenos que no entendemos.

La más lógica solución a este problema parece ser una: tenemos que adaptarnos más rápido al cambio tecnológico, ya que éste no debe detenerse. La vorágine es tal que la tecnología es la solución de muchos de los problemas que nosotros mismos hemos creado (por ejemplo, el cambio climático y un sinnúmero de enfermedades), por lo que detener la aceleración tecnológica sería darnos un balazo en el pie. La clave para acelerar el proceso de adaptación humana parece ser la educación y la innovación.

El artículo completo puede leerse aquí

[1] Para una consulta más amplia sobre las consecuencias del Internet, consultar Nicholas Carr, The Shallows: What Internet is Doing to our Brains,  Nueva York, W. W. Norton & Company, 2011.

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