La muerte del intelectual

Hay un fenómeno que parece cobrar entidad: la extinción de los intelectuales. Me refiero a la desaparición de esos personajes que se dedican a leer, escribir, e incidir en el ámbito público. Aquellos a quienes los estadounidenses denominaron public intellectuals, es decir, intelectuales públicos. Encuentro tres razones que explican esta hipótesis.

La primera –como bien destacan Luciano Concheiro y Ana Sofía Rodriguez en su libro “El intelectual mexicano: una especie en extinción”— es que esta desaparición es producto de la hegemonía de la democracia liberal y del capitalismo. Los mapas conceptuales complejos que constituían las fibras de las ideologías de antaño (marxista, existencialista, neoconservador, hegeliano) hoy se muestran impotentes. Producto del asentamiento de la ideología dominante, parecería que el campo del intelectual “se restringe a la resolución de problemas del modelo dado”. [1] La reflexión sobre “otros mundos posibles” ha perdido terreno, y nos hemos resignado a tan sólo componer este mundo, aunque ya no lo entendamos.

La segunda es que los intelectuales actúan cada vez más como asesores legislativos o administrativos y no como como faros morales de sus respectivas sociedades.[2] En este sentido, las personas que escriben en medios impresos y que opinan sobre asuntos públicos se han especializado tanto, que tienden a hablar de un solo tema y con una agenda específica que eventualmente esperan resulte en una política pública. Antes, el intelectual repudiaba la especialización y su aspiración era dominar varias esferas del pensamiento para tener una noción universal de los problemas. Octavio Paz o Isaiah Berlin eran precisamente eso: personajes que podían opinar de casi todo con una profundidad inusitada y en los cuales la gente se fiaba para tomar una posición ética sobre algún tema.

La tercera tiene que ver con algo que ya he mencionado anteriormente en esta columna: el poder de los medios. Si para los medios lo importante es la coyuntura, también será importante contar con personas que sólo se encarguen de ella. Por eso hoy pululan las columnas que se encargan de transmitir chismes y narrar hechos. No estoy en contra de éstas, de algo sirven, pero lo que no debe pasar es que confundamos a sus autores y los llamamos “intelectuales”. Nada más contrario al papel del intelectual de antaño por una simple y sencilla razón: para considerarse como tal se requería tener obra escrita. No me refiero a un libro de hechura facilona o una compilación de artículos, sino a aquellos trabajos de investigación que requerían de construcción de tejido fino y de una labor de filigrana. Tengo en mente a personajes como Popper, Oakeshott, Hayek; en México, a Roger Bartra, Jorge Castañeda, Aguilar Camín, o Gabriel Zaid.

El artículo completo puede leerse aquí


[1] Luciano Concheiro, Ana Sofía Rodríguez, El intelectual mexicano: una especie en extinción, México, Taurus, 2015, p. 406.

[2] David Brooks, “The Age of Wonkery”, The New York Times, 22 de abril de 2017, https://www.nytimes.com/2017/04/11/opinion/this-age-of-wonkery.html?smid=tw-share&_r=1

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