Algo va mal

Producto de lo que pasa en el mundo (Francia, EUA, Turquía, Venezuela, etcétera), en las últimas semanas no he dejado de pensar en aquél famoso ensayo de Tony Judt, “Algo va mal”. En éste Judt hace un diagnóstico de la situación política mundial y deja ver, con meridiana claridad, las causas de nuestro deterioro político. Todo se reduce a un concepto: desigualdad. Me explico.

Hasta 1980 hubo un “consenso socialdemócrata” que dominó el escenario político y económico. No es casual que de 1880 a 1980 hubo una reducción significativa de la desigualdad. En palabras de Judt: “Gracias a la tributación progresiva, los subsidios del gobierno para los necesitados, la provisión de servicios sociales y de garantías contra las situaciones de crisis, las democracias modernas se estaban desprendiendo de sus extremos de riqueza y pobreza”.[1] Todo esto se perdió por múltiples causas –algunas verdaderamente preocupantes, como la irresponsabilidad fiscal de muchos gobiernos-  y, en 1980, se impone otra forma de pensar lo político: el neoliberalismo. Fue la época del Thatcher y de Reagan. De ahí en adelante nos hemos dedicado a desmantelar a la única entidad que puede realmente combatir la desigualdad: el Estado. En tres décadas pasamos de la premisa de que el Estado era “la mejor” solución a todos los problemas, a una en que –por definición y siempre- el Estado es “la peor” de todas las opciones. Y, al alimón, tomó carta de naturalización la idea de que el mercado, por sí mismo, corregiría todos los problemas sociales, y a través de su invisible actuación, traería prosperidad. Cual péndulo pasamos de la adulación del Estado, a la del mercado. Craso error.

Ahora bien: ¿qué trajo ese desmantelamiento, esa destrucción del Estado, y ese ensalzamiento del mercado como la mejor y la única solución posible? Una desigualdad desbordada. Lo vemos a diario: fortunas incalculables amasadas por unos cuantos, y personas tan pobres que se vuelven invisibles para el resto de la sociedad. En lo que no reparamos es que los extremismos se alimentan de esa desigualdad. La irrupción de posiciones políticas extremas y su consecuente apoyo popular devienen de esas personas a las que el mercado salvaje ha desaparecido de la esfera pública. No son, como muchos los han pintado, personas irracionales o dementes, sino que son seres que piden ser vistos y dejar de ser humillados por sus propias instituciones. Y una institución no humilla, como dice Rodolfo Vázquez, “cuando no ignoran o excluyen a los individuos que forman parte del colectivo social […] cuando abren los canales de participación plural para hacer exigibles, sin violencias, las innumerables demandas de bienestar y seguridad, cuando en definitiva, contribuyen a la autoestima de la personas en el reconocimiento y promoción de su autonomía, dignidad e igualdad.”[2]

El artículo completo puede leerse aquí

[1] Tony Judt, Algo va Mal, Madrid, Taurus, 2010, p.26.

[2] Rodolfo Vázquez, Consenso socialdemócrata y constitucionalismo, México, Fontamara, p.12.

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