13 razones por qué

Las series de televisión, qué duda cabe, se han vuelto el medio de entretenimiento por antonomasia de la década. En algún lugar leí que tomarán el lugar que las novelas tenían en antaño. Aunque, en lo personal, lo anterior sí me parece una pérdida cultural –un par de botas no equivalen a Shakespeare- , no puedo negar que hay algunas series que rayan en lo artístico (Breaking Bad, Mad Men, House of Cards, etcétera) y/o cuyo mensaje es muy poderoso. La nueva serie de Netflix “13 Reasons Why” (trece razones por qué) en este sentido es peculiar. No es una producción despampanante, pero sí logra transmitir un mensaje muy, muy, poderoso que vale la pena desmenuzar.

La serie narra las razones que llevaron a una adolecente preparatoriana, Hannah Baker, a quitarse la vida. Después de su muerte ella deja 13 cintas en las que narra cada una de las razones que la llevaron al suicidio. La serie engancha al espectador porque trata temas tan actuales que uno se identifica de inmediato: micromachismos, bullying, acoso sexual, violación, depresión, y, claro, el suicidio. A mi parecer, el guion tiene la virtud de poner sobre la mesa el meollo de cada uno de los problemas. Al final, uno no puede dejar de pensar que vivimos en una sociedad que destila enfermedades muy serias.

Algunos botones de muestra. En uno de los capítulos Hannah es fotografiada de tal manera que muestra parte de su ropa interior. Al día siguiente los machos de la escuela –el típico grupo de atletas, con las chamarras ridículas, y que se sienten dueños del universo- comparten la foto en redes sociales y todos en la escuela la ven. Un detalle tan trivial daña a Hannah profundamente. A partir de ahí, nadie en la escuela la volverá a ver de la misma manera. Ya siempre será la chica facilona y, peor aún, un objeto sexual. La foto y el chisme que envuelve a Hannah le quita algo fundamental: su agencia, la capacidad de definirse ella misma por lo que es, y no por lo que los demás dicen que es. Esto le provoca múltiples situaciones que aparecen a lo largo de la serie: desde la inhabilidad de tener una cita “normal” con otro chico, hasta ser víctima de violación.

Otro asunto que pone en la mesa es la brecha comunicativa que existe entre padres e hijos, y maestros y alumnos. Por más que los padres de Hannah eran buenos padres -porque lo eran- jamás logran siquiera imaginar lo que su hija estaba viviendo hasta el punto de no sólo querer sino planear metódicamente –con la grabación de las cintas- su propio suicidio. Lo mismo sucede con los maestros y el propio psicólogo de la escuela: no se dan cuenta de nada. El tema importa por dos cosas. Parecería que hemos normalizado tanto conductas como el bullying, los micromachismos, y las conductas depresivas que ya no nos llama la atención que alguien se sienta solo o triste. Dejamos de ser empáticos y de tratar de imaginar la vida de alguien más, de ponernos en su piel y ver el mundo desde sus ojos. Importa también porque este tipo de desconexión entre padre e hijos y maestros y alumnos, proviene de la brecha tecnológica que existe entre nuestras generaciones. A las generaciones que nos anteceden les es imposible imaginar un mundo en donde también se vive virtualmente. No es de extrañar: la dinámica de las redes sociales sigue siendo algo relativamente nuevo. Pero lo que no se puede dejar de lado es su efecto inmediato, práctico, tangible, en la conducta de millones de adolescentes. Los padres y los maestros tienen que entender que los Millenials viven esta realidad y otra. La otra, la virtual, acaso más cruenta y devastadora que la primera. Salir mal en una foto de Instagram, o no tener tanto amigos en Facebook, o no ser popular en Snapchat; pueden ser causales de una depresión severa. Peor aún: el “ciberacoso” es una realidad. Desde el chantaje para no publicar algo, hasta el bombardeo incesante de mensajes lascivos, puede llevar a la ruina emocional a una persona que no tenga un sistema de valores y de apoyo bien consolidado.

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