La paradoja de la tolerancia

Leo y leo sobre los sucesos y su desarrollo en Charlotesville y todavía no lo creo. Neo-fascistas, Ku Klux Clan y supremacistas blancos, profirieron insultos a plena luz del día, atropellaron a una mujer y un Presidente que atiza aún más el fuego. Un Presidente que, en vez de sanar, hiere, daña. Estoy de acuerdo con Jorge Castañeda cuando dice que este es el peor momento de Trump: no veo qué otro frente puede abrir, y cómo va a sortear el descrédito de más de la mitad de su país. Escucho, también, algunas opiniones en defensa de lo que hicieron los “manifestantes” de ultraderecha en EUA; que los protege la libertad de expresión, que también del “otro lado” había manifestantes violentos. A ver, vamos por partes.

En efecto, la primero enmienda de la Constitución estadounidense protege la libertad de expresión sin cortapisas. A diferencia de la Constitución alemana, la cual, expresamente prohíbe y condena los discursos de odio, la de Estados Unidos es muy abierta al respecto. La razón se ancla en su historia: los estadounidenses desconfían de todo acto de autoridad, de toda intromisión del Estado en la esfera personal; la de Alemania, por el contrario, tiene un antecedente claro: el nacionalsocialismo como pasado a reconocer y por condenar.

¿Esto significa que una u otra constitución es mejor o peor? No, porque ambas son documentos vivos que se han adaptado a sus circunstancias históricas. Pero de ahí a decir que lo sucedido en Charlostville tenga protección constitucional hay un gran trecho. Empiezo por lo básico: no hay derechos absolutos, todos tienen límites que se van dibujando de acuerdo al caso concreto en el que aplican.

Entonces, ¿la manifestación de los ultraderechistas tiene protección constitucional? Sí. Todos tienen derecho a salir a la plaza pública a manifestarse a favor o en contra de algo. Y aquí es donde el tema se torna más puntiagudo: ¿todo lo que digan está protegido? No. No porque el lenguaje tiene varias funciones: comunicar algo, describir algo, y también hacer algo. Es decir, a veces el proferir una palabra es tanto como actuar directamente en el mundo. Si alguien investido con autoridad dice: “los declaro esposo y esposa”, entonces se consuma un acto jurídico que cambia la realidad de los contrayentes. Lo mismo pasa con ciertas palabras de odio. Claro que se puede argumentar a favor de una posición nazi, o de supremacía blanca -aunque no creo que sostenga una mínima dosis de racionalidad-, pero lo que no se puede hacer es incitar a la violencia o consumarla, como en el caso de la mujer que fue atropellada.

Por eso, en 1942…

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