La debacle de Macron

Hace tres meses era el ídolo de todo el mundo. La nueva figura en la arena política internacional. En México buscábamos con desesperación al Macron mexicano. Parecía demasiado bueno para ser verdad. Un político educado, que entendía de economía y de filosofía, un joven carismático.

La semana pasada, las encuestas demostraron que la luna de miel se acabó. Emmanuel Macron ha dejado de ser la envidia de todos los políticos. Presenta la caída más estrepitosa en las encuestas francesas desde la instauración de la Quinta República francesa a mediados del siglo pasado.

Artículos en publicaciones internacionales- The Washington Post y The Economist- han  tratado de entender qué está pasando. Van desde la estructura del presidencialismo francés hasta los reclamos suscitados por querer asignar presupuesto a un nuevo puesto de “primera dama oficial”. También algunas explicaciones se encuentran en el ajuste que hizo al presupuesto militar y que devino en la renuncia de altos funcionarios del gabinete, en señal protesta. Obviamente, la falta de experiencia de los nuevos legisladores del partido de Macron en el Congreso tampoco le han ayudado.

Todas son buenas razones. Algunos dicen que Macron ha traicionado a su electorado, otros que los franceses votaron por una reforma que no querían realmente. Los más argumentan que la coalición que permitió que Macron se eligiera no era tanto una coalición a favor del Presidente, sino en contra de Marine Le Pen.

Y yo coincido con estos últimos. Cuando Macron ganó las elecciones, significaba un contraste claro con la ultraderechista. La figura del hoy Presidente era todo lo que ella no era: un joven progresista, que, sobre todo, ofrecía una reconciliación. Su victoria fue aplaudida a nivel mundial porque era, por fin, un freno al populismo nacionalista de ultraderecha que arreciaba en el mundo. Macron representaba un “hasta aquí” a la tendencia de la banalización de la política, de la institucionalización de la exclusión, del discurso discriminatorio. Sin embargo, nunca mostró un discurso coherente de principios. Dicen que en campaña los periodistas se burlaban de él porque en sus discursos siempre incluía dos formas de ver un problema. Explicaba su concepción de una forma y luego “al mismo tiempo”, explicaba cómo podía verse de otra manera. Fue el famoso tic del “al mismo tiempo”. Cuando fue interrogado al respecto explicó que se trataba de que “uno retoma ideas que parecen contradictorias, pero es esencial para la sociedad, que sean reconciliadas”.

La idea es atractiva, una especia de dialéctica hegeliana, de reconciliación entre la derecha y la izquierda, para dar lugar a una nueva forma de ver el mundo. Nadie reparó en que esto ya se había tratado de hacer –la famosa tercera vía- y que siempre resulta en un discurso atractivo pero hueco. Esa vacuidad fue obnubilada por el peligro que representaba la llegada el fascismo del  Frente Amplio. Los franceses se concentraron tanto en lo qué no querían, y se olvidaron de exigir al joven promesa claridad y realismo en sus propuestas.

Macron es…

El artículo completo puede leerse aquí

Facebook Comments