Una nota sobre desastres y sufrimientos

El pasado jueves un temblor en nuestro país nos recordó nuestra fragilidad ante la inclemencia de la naturaleza. Pero también nos dejó otras lecciones.

A la Ciudad de México le fue bien. A pesar de que fue de mayor intensidad que el del 85, este temblor no causó, ni por asomo, los estragos de aquél. Y si bien los científicos ya han explicado el porqué con las diferencias en las intensidades, algo se ha hecho bien en la capital en los últimos 32 años que las afectaciones fueron mínimas. Los estados más afectados son Chiapas y Oaxaca. Ahorita lo que importa es ayudar allá. Van 90 trágicas muertes y más de 2 millones de vidas trastocadas, algunas de forma permanente. Esto es lo importante.

Ahora bien, siempre que ocurre un desastre natural es común que nos concentremos en el bosque y no veamos los árboles. Los medios de comunicación transmiten las cifras, vemos dos o tres imágenes devastadoras, y a funcionarios actuando para mitigar los daños. Pero hay mucho más detrás de esto. Fernando Escalante publicó hace algún tiempo un libro sobre la historia del sufrimiento (La mirada de Dios. Estudios sobre la cultura del sufrimiento). Para decirlo rápido: ante la secularización de la sociedad, todo sufrimiento es atribuible a la sociedad misma, ya no a Dios. No es por nuestros pecados que ocurren los desastres, sino porque simplemente pasan (o, más aún, porque hemos contribuido a crearlos, aunque Trump no crea en el cambio climático). Pero una cosa es que pase un huracán, o un terremoto, que son fenómenos de la naturaleza, a que éstos devengan en desastres. El desastre –y el sufrimiento que acarrea- depende de la sociedad. Y es aquí donde cobra entidad la consciencia sobre nosotros mismos: qué tan cohesionados estemos, qué tanto hayamos prevenido, y cómo reaccionamos ante estos fenómenos.

Como dice Héctor E. Schamis en El País de España: lo primero que sale a relucir cuando ocurre un desastre son las lacerantes desigualdades sociales. No es casual, dice él, que las zonas más pobres de Nueva Orleans sigan estando destruidas por el ya lejano paso de el huracán Katrina. Sin embargo, a pesar de que sabemos esto, seguimos reaccionando igual: nos solidarizamos de forma encomiable tras el desastre, pasa lo más grave, ayudamos a miles de personas, se reestablece un parámetro de normalidad, pero olvidamos cuáles fueron las causas de los estragos del desastre, y cuáles pueden ser evitadas en el porvenir.

El ejemplo de lo contrario lo tenemos a la vista: la mexicanos sí aprendimos del 85. La Ciudad de México está mucho mejor construida, mejor cimentada (en todo el sentido de la palabra), y se mantuvo erguida ante el choque de placas tectónicas del pasado jueves. Pero nuestro país, y el mundo, sigue siendo un escenario de desigualdades, de malas decisiones urbanísticas, de políticas públicas erradas, y, hay que decirlo, de una ciudadanía que se hermana en los desastres naturales, pero que –con algunas excepciones- se desentiende después de lo público y, por omisión, contribuye a los desastres cotidianos que tanto daño nos hacen.

Y así hemos construido una cultura del sufrimiento medio hueca…

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