Sobre tiempo, olvido y política.

Hago un recuento de lo sucedido en las últimas semanas y me asombro. Huracanes; terremotos; y la amenaza más seria de las últimas décadas de una guerra nuclear. Y leo lo que viene: elecciones en Alemania, con claras repercusiones allende sus fronteras; otro referéndum en Cataluña, que puede ser otra muestra de ese nacionalismo rancio con cada vez más conquistas ideológicas. Ustedes añádanle lo que quieran: los yerros del inquilino de la Casa Blanca, los escándalos de la vida pública, la frivolidad de civilización del espectáculo que vemos en redes sociales, etcétera. El menú es muy amplio. Todo esto trajo a mi mente un libro que leí hace poco: Contra el tiempo. Filosofía práctica del instante, de Luciano Concheiro. Su tesis es simple pero sólida: la impronta de nuestros tiempos es una: la aceleración.

Dice Concheiro: “Cada etapa histórica se distingue por una manera particular de experimentar el tiempo. La nuestra es la época de la aceleración. La concepción temporal de la Modernidad era como una escalera ascendente sin fin: rectilínea, arrojada hacia el futuro y articulada por la noción de Progreso. En cambio, la concepción temporal que hoy predomina es más bien como una página de scroll infinito (es decir, como funcionan Facebook, Instagram y Twitter).”[1] Esto es, nuestra percepción no está guiada, no se dirige hacia ningún lado. Percibimos caos: eventos que se suceden unos a otros, de forma inconexa e implacable. Lo que los une es sólo una cosa: la rapidez, la aceleración, nada más. No hay sentido de propósito, no hay objetivos colectivos.

Lo vemos a diario: en un noticiero después de un reportaje sobre los refugiados de Siria en Alemania, le sigue la cancelación de un concierto de Lady Gaga; después de la noticia sobre los  estragos del temblor en Oaxaca y Chiapas, vemos la crónica de la pelea del Canelo. Ni se diga en redes sociales en donde la veracidad de una noticia pasó a ser algo accesorio a la misma, un lujo de los que viven en la RL (real life), totalmente prescindible. Visto desde esta perspectiva: “ningún acontecimiento importa demasiado, puesto que todos terminan siendo superados y olvidados”.[2]

Y aquí está el punto: para soportar este ingente influjo de información es preciso recurrir al olvido. La erosión de la memoria es una necesidad casi psicológica: necesitamos olvidar para transitar en este mundo, para soportarlo. Eso trae como consecuencia un deterioro de lo político, del compromiso con lo público, con lo que nos trasciende. Si nada queda asentado en nuestra memoria, es difícil que generemos un compromiso de largo plazo con alguna causa, con alguna idea. Nos preocupa por un instante una guerra mundial, pero al minuto siguiente nos ocupa la cancelación de un concierto…

El artículo completo puede leerse aquí


[1] Concheiro, Luciano, Contra el tiempo. Filosofía práctica del instante. Anagrama. Barcelona. 2016. p. 12.
[2] Ibidem, p. 59.

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