El error histórico de Rajoy

Si como bien dijo Jesús Silva-Herzog Márquez en México se asomó una nación en el 19S, ayer en Cataluña se asomó lo contrario: ese nacionalismo nutrido de vanidad y un gobierno que no acaba de entender el espíritu de nuestro tiempo, un tiempo en donde existe una sociedad global harta de los excesos oficialistas. Resulta sorprendente que Mariano Rajoy haya atizado un fuego que amenaza con incendiar su propio gobierno, a su propio país. Múltiples voces ayer en redes sociales denunciaron la incoherencia de lo visto, cito a Rafael Rojas, gran colaborador de este mismo espacio: “la furia de la represión en Barcelona no da la razón al nacionalismo antiespañol, pero ilustra cabalmente el autoritarismo del PP y Rajoy”. Qué necesidad.

El nacionalismo de Cataluña es uno de corte añejo pero que resurge en tiempos en el que las certezas caen como piezas de dominó. Si algo marca nuestro orden internacional es el desorden, un sentimiento de desprotección, de vulnerabilidad ante todo. Nada parece ceñirse a nuestros antiguos códigos de entendimiento: las fronteras se desdibujan, lo impensable sucede (Trump, Brexit, un partido fascista en Alemania consigue escaños en el parlamento –¿?–); y la prosperidad mundial no logra mitigar la lacerante –e insultante– desigualdad que nos rodea. Ante esto queda el repliegue hacia dogmas conocidos, hacia ideologías totalizadoras que traten de dar algo de certeza y sosiego, aunque descansen en premisas falsas. Eso ha pasado en Cataluña. Durante décadas se ha adoctrinado a parte de la población en una idea de “nación”, del “nosotros” que es excluyente. En una idea de nación que no se basa en el cariño hacia lo común, sino en el odio hacia lo exógeno. A esto hay que añadir una manipulación de su pasado, de su historia, en donde parecería que el devenir catalán ha corrido en cuerda separada al español, como si sus destinos no hubieran estado atados desde su nacimiento, como si nunca hubieran sido “uno”, sino siempre “dos” y en tensión constante.

Esta manipulación se cubre bajo el velo de un derecho fundamental, pero mal entendido: la autodeterminación de los pueblos, el derecho a decidir colectivamente qué se quiere ser. El problema es lo que hay detrás de esta pregunta. Como bien dice Francisco Laporta, el referéndum se está utilizando para “ser” un sujeto político decisor –que ahorita no son– y, sobre todo, para dividir. Independientemente del resultado, la sociedad catalana se fragmentará cada vez más entre dos posiciones: los que votaron que “sí”, y los que votan que “no”. Y aquí no importa qué tan complejo sea el asunto a resolver –múltiples estudios indican que los más afectados por la independencia serían los propios catalanes– sino quienes conformarán uno y otro grupo. Lo que no se ha pensado es que la fragmentación que esto causará dentro de la propia sociedad catalana es de una hondura insospechada. Otra vez Laporta: genera “fragmentación en los círculos cotidianos, en los lugares de trabajo, fragmentación hasta en las familias, es decir, fragmentación en la sociedad y desconfianza entre grupos y personas. Puede incluso llegar a generar una sorda aversión mutua entre ciudadanos”.

Lo más preocupante es que con la actuación represora del gobierno de Rajoy, la ya fisurada sociedad catalana sufrió un martillazo demoledor. Si antes alguien dudaba de las diferencias con España, ayer las confirmaron; si antes se sentían incomprendidos, hoy se sienten insultados; si antes querían ser escuchados, hoy querrán imponerse…

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