Un recordatorio: los partidos importan

En medio del furor de los candidatos independientes, conviene hacer una pausa y reflexionar sobre el supuesto enemigo de aquellos: los partidos políticos. Mi tesis es una: los partidos importan y tienen razón de ser. El hecho de que, no sólo en México sino en el mundo, estén en una aparente “crisis” por diversas causas, no les resta importancia como pilares fundamentales del sistema democrático. Me explico y de una vez aclaro que este análisis parte de premisas ideales para, precisamente, evaluar los partidos tal como operan en la realidad.

Los partido políticos surgen en el siglo XIX y siempre se pensaron como un componente esencial de la democracia misma. Si como dicen Lea Ypi y Jonathan White el ethos democrático es uno de autogobierno colectivo, o en palabras de Mill: “de un gobierno del pueblo, por el pueblo, igualmente representado”, entonces los partidos políticos cuentan con varias características que ningún otro vehículo de participación política tiene.

En primer lugar, los partidos políticos contienen un elemento normativo, es decir, requieren de la articulación de principios y valores que guíen la acción política. La simple construcción de éstos dota a su militancia de una interpretación común de los problemas políticos y los aglutina en torno a una identidad colectiva. Lo crucial es que los principios que se construyan tengan una vocación de universalidad, esto es, que busquen dotar de sentido a la totalidad del mundo político para hacerlo inteligible a sus militantes. Sólo así éstos podrán comunicarse en un mismo lenguaje y defender con coherencia y consistencia ciertas posiciones políticas. Éstas serán un punto de partida para el inicio de un ejercicio deliberativo que busque un equilibrio entre las distintas visiones –de los demás partidos- que conforman el sistema.

Lo segundo es que tienen un fuerte componente motivacional. Al compartir ideales, los partidos políticos son organizaciones que llaman a la acción colectiva para la consecución de los mismos. Aquí lo importante es que el partido despliegue los recursos discursivos necesarios para que la militancia participe en la construcción de la constelación ideológica que proyectarán y que la asuman como propia. El partido debe generar tal grado de compromiso de su militancia, que ellos no se asuman como simples ciudadanos, sino que cuando participan en la esfera partidista sepan que son sujetos políticos capaces de influir en la esfera pública y transformarla. Y aquí entra la tercera característica de los partidos que considero fundamental: su capacidad ejecutiva.

La acción partidista no busca quedarse en el terreno de las ideas, sino que busca el poder político para cambiar la realidad. Tan es así que las instituciones democráticas responden a la arquitectura partidista: los procesos electorales que determinan la composición del poder ejecutivo y del legislativo tiene como base una contienda entre partidos. Los que ganan forman gobierno, los que pierdan, oposición. Los congresos se estructuran con base en grupos parlamentarios que emanan de los partidos, y múltiples decisiones democráticas pasan por el prisma partidario. Esto permite que los ciudadanos vean la relación directa entre su militancia y las acciones de política pública que transforman sus circunstancias cívicas.

Por eso me preocupa el punto de vista maniqueo que a veces se maneja en el discurso político por los hoy candidatos independientes. José Woldenberg lo ha repetido muchas veces: parecería que los candidatos independientes pertenecen, siempre, a la clase de los puros y honestos, y los candidatos con partido son un bloque monolítico de políticos que dañan siempre a la democracia. Es decir, la semilla de la antipolítica germina en el desgaste de los partidos y así divide el mundo en dos: los buenos y los malos, los ciudadanos y los políticos, que responden a los intereses perversos, siempre perversos, de los partidos…

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