La amenaza de las redes sociales

La revista The Economist dedica su número de la semana pasada a un tema de la mayor importancia: la amenaza de las redes sociales hacia la democracia. Esta idea hoy es aceptada por muchos, pero vale la pena recordar que no siempre fue así. Hasta hace algunos años las redes se consideraban “una fuerza positiva para la pluralidad, la democracia y el progreso” por su capacidad de “conectar a la gente y darles voz”. Las protestas que se dieron en torno a las elecciones iraníes en 2009, en Egipto en 2011, o en Ucrania en 2013, fueron tan sólo algunos ejemplos del inmenso poder de convocatoria y movilización que tenían plataformas como Facebook y Twitter para derrocar gobiernos autoritarios. Sin embargo, no tardó mucho en aparecer su lado oscuro.

La cara negativa de las redes en relación con la democracia se condensa en un término muy popular en estos días: las famosas “fake news” o “noticias falsas”. Uno de los basamentos de la democracia es el de considerar a los ciudadanos como agentes racionales, es decir, capaces de discernir acerca de los asuntos públicos y tomar una posición al respecto que, eventualmente, podrían defender también en público. Estas posiciones se suponen valiosas porque son interpretaciones del mundo ancladas en la realidad. Pero, ¿qué pasaría si le quitamos la dosis de realidad a los debates democráticos? Nos topamos con el extremismo. Me explico. Si se llega al punto de que cada una de las partes en el debate democrático perciban sus propios hechos, entonces no hay un terreno común que compartan. Cada uno tendrá su propia interpretación de los problemas sin la más mínima intención de ponerse en el lugar del otro para intentar ver el problema desde otra perspectiva y llegar a un acuerdo. El acuerdo, el compromiso, precisa de tener algo en común con los demás. Se puede partir de posiciones distintas, pero se comparte la realidad. Las narrativas falsas que se esparcen a través de redes sociales han desnudado a la información de todo ropaje empírico. La consecuencia es clara: cada uno de los usuarios que se ve expuesto a estas narrativas falsas van construyendo una forma de abordar los problemas y asuntos públicos cada vez más hermética y autoreferencial, al punto de llegar a posiciones absurdas por partir de premisas falsas. Lo primero que se me viene a la mente es que hay todavía personas que piensan que Barack Obama es musulmán. Imagínese usted tratar de discutir o de llegar a un acuerdo con una persona que piensa de esta manera, no sólo con respecto al lugar de nacimiento del expresidente, sino sobre la mayoría de los asuntos públicos.

La semana pasada los directivos de Facebook reconocieron que 146 millones de usuarios vieron información falsa sobre la elección presidencial de los Estados Unidos diseminada por agencias rusas. Y hay evidencia de que también han influido en Francia, Ucrania y España. La amenaza es de tal importancia que hoy el debate es cómo limitar el esparcimiento de las “fake news” a través de la redes…

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