2018

Ya llegó uno de los años más politizados en la historia reciente de nuestro país. Los retos que se avecinan no son menores ni pocos. Les dejo algunas reflexiones a tener en mente:

Dimensionemos lo que está en juego este año: no sólo es la Presidencia de México, sino un modelo de país, un rumbo colectivo, el futuro de varias generaciones.

Recordemos que no estamos aislados, que habrá sucesos exteriores de suma importancia. Habrá elecciones presidenciales en Brasil, Venezuela, Italia, y cambio de poder en Cuba. Acaso la elección que más nos debe importar es la intermedia de los Estados Unidos donde se renovará la Cámara de Representantes y podremos calibrar el verdadero poder de Trump.

No nos olvidemos de que el efecto Trump es la pieza más llamativa de un rompecabezas aún sin terminar. Nuevos brotes de populismo y de autoritarismo están a la orden del día. Nuestro país tiene un precandidato a la Presidencia que es estampa de esto.

La realidad, los hechos y los argumentos deben caber en el discurso político. El golpe epistémico que ha recibido nuestra conversación pública es terrible. Parece que si los hechos no se acomodan a nuestros pensamientos, peor para los hechos. No. No debe ser así. Debemos ser sensatos, prudentes, y ver lo político como lo que es: un entramado muy complejo de visiones del mundo que deben de evaluarse críticamente, siempre, siempre, desde la realidad.

Los más de tres mil candidatos a puestos de elección popular deberán estar conscientes de  lo que tienen enfrente. Que participarán en la elección más grande en la historia de México, que estarán navegando en un mar de un oleaje sin precedentes. Que la ciudadanía está harta de las formas anquilosadas, que la retórica parece ser cosa del pasado, que se desconfía de todo lo que huela a política añeja. Que deben encontrar el modo de conectar emocionalmente con un electorado desilusionado, sin caer en las falsas promesas o en las recetas simplonas.

Debe resurgir el México del puño en alto. Ese que se dejó ver cuando se movió la tierra. La sociedad civil del temblor debe ser también la del 2018. Esa ciudadanía que dejó atrás lo que nos divide y se concentró en lo que nos une. Que dibujó una nación donde antes había sólo un territorio. Miles de jóvenes debemos asumir nuestra responsabilidad histórica. Somos nosotros, los menores de 35 años, quienes decidiremos el rumbo de México en 2018. No nos podemos equivocar.

Démonos cuenta de que sin igualdad, las libertades son una quimera, meras nubes pasajeras. Que la igualdad de trato, de oportunidades, ante la ley, y material, son los retos más apremiantes de México. La igualdad requiere de políticas públicas transversales e integrales; para lograrla se debe de pensar en el bosque y no sólo en los árboles. Optimizar la igualdad debe ser el objetivo de todas la políticas públicas del país.

Erradiquemos las pequeñas injusticias que cometemos en nuestra vida cotidiana. Como dice Pip en Grandes Esperanzas de Charles Dickens: “En el pequeño mundo en el cual los niños viven su existencia, no hay nada que se perciba y se sienta con tanta agudeza como la injusticia”. Debemos recobrar este sentido de la injusticia para evitarlo a toda costa. Darnos cuenta de cómo tratamos a nuestros semejantes, de cómo –como bien dijo Julián Herbert en una entrevista- no hay hombres feministas en México, sino que todos, todos, somos machistas en rehabilitación. Que muchas veces incurrimos en actitudes que demuestran este machismo soterrado y eso debe parar ya. Que nuestra visión de las minorías es todo menos empático porque siguen siendo invisibles para nosotros. Que México son muchos “Méxicos” y así como tenemos las metrópolis pujantes, tenemos los pueblos en vilo, donde las almas en pena de Comala siguen pidiendo una sola cosa: algo de algo, ser vistas, entrar en la historia de los hechos.

Seamos críticos, siempre queramos mejorar, seamos rebeldes con nuestra realidad, pero no olvidemos lo mucho que hemos avanzado…

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