El pez en el agua

Entrar a la política es una decisión en donde se entremezclan sentimientos y razones. Las razones pueden ser de todo tipo. Las más nobles, las de mayor vocación, están vinculadas al deseo de transformar una realidad que se considera inaceptable. También hay razones completamente banales, como la búsqueda de reconocimiento, la fama o el poder. El poder entendido en su dimensión más burda: como exceso, no como capacidad.

Los sentimientos, por otra parte, casi siempre son privados, íntimos y, por lo tanto, desconocidos. La reflexión que Mario Vargas Llosa hace sobre su breve participación en la política de su país, en su libro: “El pez en el agua”, no sólo arroja luz sobre los porqués de su fracaso, sino también procura ofrecer una justificación emocional al porqué de su deseo de ser presidente. Al hacerlo, entra en un valiente proceso de auto reconocimiento que probablemente le habría significado la victoria, de haberlo realizado antes de contender.

Recuerdo haber leído el libro hace varios años y hace poco lo conseguí para releerlo precisamente en estos tiempos intensivos en política. Quería recordar qué llevó a un escritor consumado, un intelectual reconocido, a contender por la Presidencia del Perú y, sobre todo, qué lo llevó a su estrepitosa e inverosímil derrota en 1990 contra Fujimori.

La decisión de Vargas Llosa de participar responde principalmente a dos razones: uno, la coyuntura nacional y dos, el ego, por decirlo rápidamente. Alan García había conducido un gobierno con resultados desastrosos y a Vargas Llosa lo convencen de participar en un mitin en contra del gobierno, que logra despertar la esperanza entre los peruanos insatisfechos. Este liderazgo lo posiciona como el candidato natural para la presidencia. Un hombre inteligente, respetado, conocido y reconocido.

La segunda razón, confiesa el escritor, es su deseo de ser protagonista de la historia y no sólo su intérprete. Si escribir es rebelarse contra la realidad, crear otros mundos posibles, la política es la posibilidad de hacer lo mismo pero en el mundo de los hechos, en la realidad misma. En una nuez: Vargas Llosa, como muchos otros, entra a la política desde un tipo de soberbia. No aquella de saberse invencible, sino desde una en donde él pensó que el sistema se adaptaría a él por la “corrección” de sus posturas morales frente al mundo de lo político. Y desde mi perspectiva, ésa es, también, como en el caso de Ignatieff en Canadá, la razón de su derrota.

La lectura del libro deja al lector con un sabor agridulce. Por un lado se refleja la ambivalencia de Vargas Llosa. No pareciera aún la versión terminada de un aprendizaje. Su derrota tiene que ver con una falta de pragmatismo y con una falta de entrenamiento. La política es el arte de conciliar, de encontrar puntos comunes en torno a objetivos compartidos. Vargas Llosa no tuvo la capacidad de ver el bosque, de ceder en nimiedades, de escoger el mal menor, de administrar sus palabras. La política te entrena a dejar de ver el mundo en blancos y negros porque sólo hay grises. El escritor, acostumbrado a dictar y predicar, no supo ceder.

Ahora bien, es claro que para el político que quiere transformar una realidad, la negociación no  puede abracarlo todo. Para quien entra por convicción, hay negociaciones que no pueden hacerse, hay puntos en donde no se puede ceder. Esos son los puntos que te constituyen, que te emocionan, que te justifican. En este sentido, Vargas Llosa se sentía limitado a ofrecer propuestas factibles, verosímiles, responsables. Y esto es lo se necesita, sin descuidar algo muy importante: el político también tiene que emocionar. Debe tener la habilidad de hablar el lenguaje de la política pública pero también de ganarse la confianza de la gente mediante liderazgo, el cual se compone de emociones.

Por otro lado, están los políticos para quienes su actividad es el fin, no el medio. Para ellos las palabras pueden ser vacías e irresponsables, siempre y cuando sean las que quieren escuchar sus electores. Fujimori fue un antagonista claro porque podía ofrecerlo todo: un discurso antisistema en donde él se colocó como la única esperanza. Él como salvación. Él como solución. Ofrecía puras emociones y nada de razones. Valga recordar que esas promesas llevaron a un gobierno en donde Fujimori no tardó en desaparecer los demás poderes e instaurar una dictadura.

Esos son pues dos perfiles de políticos. El político deseable para una democracia pareciera poco atractivo para su electorado. El que es más atractivo, por el otro lado, pareciera la condena directa del sistema democrático.

¿Cómo podemos conciliar? ¿Cómo podemos tener políticos que nos emocionen, pero que no desarticulen nuestras instituciones? Tal vez la respuesta está precisamente en el componente sentimental de la decisión de participar…

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