El día de ayer me registré como precandidato a diputado local por el distrito 05 de Durango por el PRI.

En mi estado y en mi generación esta decisión es, en el mejor de los casos, incomprensible. Hemos llegado al punto en el que pareciera que la única forma digna de hacer política, de querer reformarla, es “desde fuera”, quejándonos del sistema, señalando a quienes lo sostienen desde adentro. Es una estrategia legítima y comprensible, pero que no comparto.

En mi caso, competiré en un distrito en donde mi partido perdió la confianza de la gente. Compito en un estado que votó, en las últimas elecciones a gobernador, por primera vez por la alternancia. Compito por el partido del Presidente de la República, uno de los “partidos de siempre”. No les voy a mentir, la aparente dificultad del camino hace que la decisión, efectivamente, parezca incomprensible.

Desde que tomé la decisión, le he dado muchas vueltas a configurar respuestas elocuentes a los diferentes porqués (por qué ser joven y político… y priista).

Yo nací en una familia de servidores públicos. Recuerdo las comidas familiares como ejercicios de tertulia política. La contraposición de opiniones, el planteamiento de posibles soluciones, entre mis padres, y con sus amigos. Desde niño me llamaba la atención que hablaran del “poder” e hice la natural asociación de que la política era la herramienta para poder: poder hacer, poder cambiar, poder incidir. La política como capacidad, como posibilidad.

Por muchos años, pensé que la escuela sería la mejor ruta para participar en ella. Quería ser un político preparado, de los que anticipan eventualidades y resuelven complejidades. Leer, aprender, escribir, estudiar, se convirtieron en hábito y, a veces, casi en compulsión. Ahora pienso que yo también, en esa época, cometí el error de pensar que la política era un acto individual en vez de una alianza que se cultiva con el otro, para todos.

Estudié mucho. Me esforcé. Fui un buen alumno. Y años después, llegué a la Cámara de Diputados como secretario particular de uno de los 500. San Lázaro es un monstruo en donde se vive de, en y para la política, entendiéndola como el arte de sumar voluntades para causas trascendentes. Me tocó ver a verdaderos maestros de la persuasión en sus momentos de gloria. Ciertamente no todos admirables, como muchos ciudadanos reclaman con razón. Pero en esa constante negociación, entendí que la política es de palabra y de equipo. Y que la política honorable depende de a quién le das tu palabra y con quién haces equipo.

En la Cámara conviven todos los perfiles. Los que tienen técnicas más sofisticadas y los que tienen más experiencia; los que leen al interlocutor como radiografía; los que ignoran a su electorado y los que le rinden cuentas. Los que ven con anteojera y los de amplias visiones de Estado. Y así, al arbitrio de las pluralidades, se tejían los consensos.

Para quien tiene la oportunidad de trabajar en el Legislativo federal, inmediatamente quedan claras las dinámicas y rituales de cada uno de los partidos. Ahí conocí al PRI. En el Legislativo son una máquina de disciplina. Y esto no responde a la ausencia de debate interno, sino a la convicción de que todos son miembros de un gran todo, que los arropa y los trasciende. Todo el tiempo se discute pero, cuando se toma una decisión conjunta, hay disciplina.

Me tardé algunos años en entender que esa dinámica era reflejo de lo mismo que me convocó a ese partido. Porque es cierto, el partido ha cometido errores. Quien no quiera reconocerlo, está condenado a repetirlos. Creo también que un sexenio, ningún sexenio es sólo sus errores, o sólo sus aciertos y que es obtuso calificarlos sólo en función de algunos.

Pero también es cierto que el PRI es el único partido en donde la ideología personal se subyuga a un proyecto nacional y que por ello, puede dar cabida a alguien como yo. Porque yo creo en un país más justo para todos: eficiente, libre e igualitario. Me asumo liberal porque creo que no hay valor más grande, pero defiendo la igualdad, porque creo que no hay condición más deseable.

Abogo por un Estado fuerte y eficiente, porque estoy convencido de que el mercado no es bueno per se, sino, como dice Rodolfo Vázquez, éste “debe ser usado como un instrumento más, poniéndolo al servicio de una lucha real y efectiva contra la pobreza y las desigualdades”.[1] Para decirlo rápido, la dicotomía entre Estado y mercado es falsa, ya que “el primero resulta necesario para garantizar mejores condiciones de competencia y ausencia de privilegios”.[2]

Es decir, creo en mercados eficientes, sí, y por eso mismo exigo al gobierno como igualador de capacidades, como restrictor del abuso, como corrector de la injusticia. Creo en un gobierno responsable, que asuma sus tareas, pero jamás en un gobierno mínimo.

Creo que necesitamos funcionarios con solvencia técnica, pero sensibles, muy sensibles. Creo que hay problemas en este país que tenemos que reconocer, para atacar; conocer para superar. Y creo que para poder hacerlo realmente, debemos encontrar un referente compartido que nos dé rumbo.

Milito en el PRI porque es el único partido que se ha planteado proyectos de país y los ha sustanciado. Durante el siglo pasado fue nutriendo la idea de Estado para dar cabida a las instituciones del siglo XX. Fue proponiendo, uno a uno el nacionalismo revolucionario, el proteccionismo comercial y el liberalismo económico. Y ahora, en 2012, nuevamente propuso la modernización institucional. Su trayectoria es de vanguardia, de evolución permanente.

Porque el Pacto por México es precisamente eso: la demostración de la capacidad de trazar un proyecto de nación y sumar las fuerzas necesarias. Fue muestra de capacidad política que se desplegó para construir entre todos. Un proyecto de modernización que reguló las relaciones de competencia, del Estado y de las fuerzas políticas. Un proyecto ambicioso que demostró aquello que ha distinguido al PRI: la capacidad de reconocerse equivocados y replantear, proyectar, sumar, ejecutar.

El PRI no mira hacia atrás para construir proyecto. No propone a partir de la nostalgia, sino desde la creatividad. Nunca proponemos regresar. Siempre actúamos en prospectiva. Siempre nos entendemos como la suma que concilia.

En el último año, ya siendo militante, trabajé como representante del Infonavit en Durango. Ahí aprendí de la política que se hace en las calles; la que resuelve problemas, la que mejora realidades. Aprendí que los verdaderos grandes problemas, son los pequeños problemas de la cotidianeidad: que la diginidad de una vivienda está en los detalles, que el alumbrado público hace la diferencia entre una comunidad sana y una violenta, que la limpieza urbana no es sólo un valor estético, sino un símbolo de comunidad. Aprendí los para qués que los libros nunca motivaron y entendí que a la política no se llega para ser estrella, sino sustento. La política la hacemos todos, entre todos, para los que más la necesitan. La política puede ser de profunda nobleza y de honorable compromiso. No hay mayor responsabilidad que tener la esperanza de otros puesta en ti; saber que incumplir no es opción, confiar en que tendrás el poder para incidir.

En Durango tendré el reto de explicar esa política en la que creo, ese país que deseo; ese estado que quiero y ese partido en el que confío. Sé que el camino será sinuoso y empedrado, pero sé también que la esperanza se contagia y que la motivación se infunde. Por eso no tengo duda de que vamos a ganar.

Martin Vivanco Lira.
Precandidato a diputado por distrito 05 local en Durango.

Abogado por la Escuela Libre de Derecho. Maestro en argumentación jurídica por la Universidad de Alicante. Maestro en teoría política por la London School of Economics and Political Science. Doctorando en Derecho por la Universidad de Chile. Twitter: @MartinVivanco
Facebook: https://www.facebook.com/MartinVivancoMX/#
Página web: https://www.martinvivanco.mx

Mensaje dirigido a los miembros de la convención estatal del PRI en Durango.

 

[1] Manuel Atienza, “Entrevista a Rodolfo Vázquez”, Isonomía. Revista de Teoría y Filosofía del Derecho, 45(2016), p. 200. Consulta en: http://bit.ly/2mbQkTZ

[2] Ibídem, p. 216.

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