La dignidad de México

Empiezo con un recordatorio: nunca nos habíamos enfrentado a un gobierno vecino sin compás moral, político o psicológico como el que enfrentamos con Donald Trump. Su gobierno no deja de sorprendernos, y cuando pensamos que no puede hacer algo más desatinado, o sin sentido, lo hace. Creo que ya debemos de aceptar que el rumbo de ese barco será siempre indescifrable, que no hay ningún referente ni histórico, ni cultural, al cual podemos apelar para tratar de dilucidar el sentido de sus acciones: éstas no tienen sentido porque no se enmarcan en ninguna concepción de lo público, de lo político, de las relaciones internacionales, y, más grave aún, de la realidad.

Con esto en mente, recordemos la montaña rusa que ha sido nuestra relación con Trump. Desde la declaración de que todos los mexicanos que cruzan la frontera son criminales, narcotraficantes y violadores, supimos que algo andaba mal. Muchos creímos que no podía seguir adelante con su andanada en contra de México, que nuestra relación histórica prevalecería a la ocurrencia coyuntural de un candidato que buscaba ganar el aplauso fácil. Pues ganó más que el aplauso, ganó la presidencia del país más poderoso del mundo. Desde su primer día en la Oficina Oval, México y los mexicanos no dejaron de estar entre sus objetivos. Empezamos la renegociación del TLCAN y nos replanteamos los puentes de comunicación con el gobierno estadounidense. Vimos como, de un plumazo, puso en vilo el programa DACA –vital para legalizar la situación de millones de dreamers mexicanos- y sigue pidiendo la construcción de un muro entre nuestros países. Además, la semana pasado desplegó a la Guardia Nacional en la frontera, en una clara afrenta a la relación amistosa que se ha desarrollado ininterrumpidamente en los últimos treinta años. Mi punto es que lo que dice Trump no es simple retórica –como a veces algunos editorialistas insinúan- sino que ya ha actuado: estamos a punto de una crisis migratoria, y en medio de una renegociación muy álgida de nuestro principal acuerdo comercial. Además, cada tuit ofensivo, cada declaración, -en mayor o menor grado- nos perturba y nos lleva a replantearnos nuestra posición no sólo con aquel país, sino ante nosotros mismos.

Recuerdo que en la víspera de la elección estadounidense de 2016 publiqué en este espacio una columna (https://www.razon.com.mx/preguntas-y-mas-preguntas/) donde me hacía varias preguntas. No me pregunto qué pasaría con el orden geopolítico, con los equilibrios internacionales, con los programas y acuerdos bilaterales, sino cómo me vería yo mismo ante los Estados Unidos en caso de que ganara Trump. Ahora esas preguntas siguen más vigentes que nunca. Y me atrevo a decir que muchos mexicanos también se las formularon. Cuestiones tan básicas como si seríamos victimas de la discriminación por el color de nuestra piel, o estaría justificado un maltrato por parte de los estadounidenses gracias a los prejuicios diseminados, entre otras cosas. En el fondo, lo que Trump logró fue que cuestionáramos nuestro sentido de dignidad. Nuestro derecho a no ser humillados ni tratados cruelmente.

Mucho se dijo del discurso del Presidente Enrique Peña Nieto hace algunos días…

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