Respuesta a Leo Zuckermann. Sobre las campañas locales

El pasado 14 de mayo Leo Zuckermann publicó en su columna “Desconocidos que no hacen campaña”, una reflexión interesante sobre la poca visibilidad de las campañas a cargos locales en este proceso electoral. Las conclusiones me llamaron la atención porque yo mismo soy candidato a diputado local por el estado de Durango y me parece que Zuckermann pasa por alto varias cosas. Me explico.

Muchos de los planteamientos presentados abren el espacio para discusiones más amplias que tienen que ver con asimetrías entre la política nacional y la local, pero también con la estructura electoral que hemos constituido en el proceso de consolidación democrática.

Creo que los argumentos vertidos atienden a dos dimensiones que vale la pena distinguir. Por un lado, el perfil de las candidaturas, los “desconocidos”; por el otro, si es cierto que “no hacen campaña” y cuáles pudieran ser las motivaciones para ello.

Sobre las campañas locales

En ese sentido creo que lo primero que tenemos que reconocer es que la Ciudad de México tiene una lógica que no necesariamente puede trasladarse a otras regiones del país. En el otrora Distrito Federal la política es fundamentalmente nacional. Mucho de ello tiene que ver con la estructura que apenas cambió con la promulgación de la Constitución de la Ciudad de México y que por primera vez se pondrá a prueba este año. La gente de la capital no tiene un arraigo tan estrecho con la autoridad municipal porque, por mucho tiempo, dependió directamente de las autoridades del Distrito Federal y de las nacionales.

En Durango, que es el ejemplo que tengo cercano, las candidaturas a cargos locales están ocupadas mayoritariamente por personas con arraigo en la comunidad. No son, ni por mucho, perfiles desconocidos, sino que la gran mayoría son rostros conocidos que le suman a la fuerza de los partidos políticos.

Ahora, si bien no concuerdo con la idea de que las candidaturas locales estén ocupadas principalmente por “desconocidos”, también creo que tendríamos que cuestionar la idea de qué pasaría si así fuera.

En años recientes hemos visto un hartazgo visible de los ciudadanos con los políticos tradicionales. La gente ha dejado de confiar en la política y, por ende, ha dejado de confiar en la democracia. ¿Cómo podemos revertir esa distancia si no precisamente alimentando el espectro con nuevos perfiles? ¿Es la condición de desconocimiento una limitante o es una barrera de entrada arbitraria que cierra la oportunidad de una representación efectivamente distinta? En mi caso, por ejemplo, lo que más me cuestionaron al momento que busqué la candidatura fue, precisamente, que no era conocido. Y esto produce un círculo vicioso. Si ser conocido es condición necesaria para tener éxito en una campaña, entonces, si no eres conocido, es lógico que los partidos te nieguen la posibilidad de estar en la boleta. ¿Y quiénes son los más conocidos? Pues los que ya se han postulado con anterioridad. Bajo esta lógica no es raro el reclamo de que “siempre son los mismos”.

Zuckermann dice que ha visitado otros lugares del país y no ha detectado la presencia de los candidatos, como en elecciones previas. Quizá tenga que ver con la nueva regulación electoral. Por años se buscó limitar el exceso de propaganda política. En esta elección se ha logrado: los candidatos estamos sometidos a una regulación muy detallada sobre cuáles son los objetos que podemos utilizar para promovernos. En mi opinión es algo positivo ya que evita la contaminación visual de antaño. Me imagino que Leo también estará de acuerdo con este razonamiento. De nada sirve inundar las ciudades de fotografías y papeles que no permiten siquiera enunciar una idea de fondo.

También creo que es injusto decir que los candidatos locales no estamos haciendo campaña. Las campañas locales no son campañas de aire, son de tierra. Las actividades tienen que ver con ir a las casas, ir a los mercados, a las plazas. Buscamos ser representantes de la comunidad y tenemos que ganarnos ese apoyo en la comunidad.

Las campañas nacionales son distintas. Es obvio que los candidatos a la presidencia no van a pedir el voto casa por casa. Para ellos lo que abona a su intención de voto son los medios nacionales, los debates, los grandes eventos y las redes. El caso de los candidatos al Senado y la Cámara de Diputados federal es una especie de híbrido. Ellos tienen que apostarle a una campaña de aire fuerte, pero también a concentrarse donde haya más densidad de votantes. En estados territorialmente extensos, la simple logística para moverse de un lado a otro es complicadísima. Pocos conocerán personalmente a su candidato a diputado federal o a senador. Al contrario: sí esperan reconocer a su alcalde o a su diputado local en la calle. Y esto es cierto también en la CDMX, en donde las brigadas de las delegaciones suceden todos los días y en donde los candidatos a algunas alcaldías (Miguel Hidalgo, por ejemplo) tienen debates ciudadanos semanales. Hay que ver con atención, pero ahí están las campañas sucediendo todos los días.

Otra reflexión: tenemos que pensar en la concurrencia de las campañas y los efectos que ha tenido. Cuando se planteó esta reforma se hizo con el objetivo de jalar la votación, pero no el voto. Es decir, se buscó revertir el abstencionismo volviendo concurrentes las campañas locales con las federales en todo el país, también bajo la lógica de no estar en perpetuo estado electoral y que esto abonara a la gobernabilidad.

El resultado es que en este ciclo electoral, se elegirán prácticamente el doble de cargos que en el 2012. Hay más de tres mil cuatrocientos cargos de elección popular en juego y este número hay que multiplicarlo por el número de candidatos postulados por cada partido para cada cargo. Nada más en la capital de Durango somos más de cien candidatos a diputados locales. Es muy común visitar una colonia y que en la cuadra que sigue esté otro candidato, de otro partido, postulándose al mismo cargo o para otro nivel –puede ser diputado federal, senador, alcalde o gobernador. Esto confunde al elector, lo satura, y mi temor es que sume a la indiferencia. Es decir, a los electores les pedimos que concentren y procesen una cantidad ingente de información electoral, pero la concurrencia dificulta muchísimo que el elector distinga quiénes somos, a qué cargos queremos llegar, y qué se puede hacer desde cada uno de ellos. ¿Cuál es el riesgo? Un voto irreflexivo incentivado por el hartazgo y el exceso de información dada a conocer en formatos simplistas, como los spots. Si en vez de spots, hubiera más debates, estoy seguro de que las encuestas pintarían otro escenario.

Ahora bien, ¿hay reformas posibles? ¿Podemos repensar la concurrencia? ¿Podemos saber si el ciudadano prefiere resolver su decisión democrática en elecciones concurrentes? Por supuesto que son reflexiones que podemos y debemos tener. Espero que después de esta elección debatamos sobre todos estos temas que inciden en algo fundamental: la forma en que los ciudadanos formamos nuestra opinión política y ejercemos nuestro derecho al voto. Así de importante será ese debate.

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