Fui candidato del PRI. Lo que no vimos y lo que viene.

Soy de los miles de candidatos que perdieron el pasado primero de julio. Me postulé para diputado local por Durango por el PRI.

Muchos de mis compañeros candidatos y personas de mi equipo coincidimos en que nunca vimos venir una derrota de esta magnitud. La pregunta que inmediatamente viene a la mente es ¿cómo es posible? ¿Nunca percibimos que más del 50 por ciento de este país iba a votar por MORENA? La respuesta es: no. Sabíamos del hartazgo, del enojo, de la ira de la población. Lo vimos y lo vivimos en carne propia. No fueron pocas las personas que nos lo hicieron saber en campaña, a veces de forma muy vívida. Pero, aún así, hubo muchos candidatos que pensábamos que ganaríamos. Veo los resultados y concluyo que nunca calibramos la carga histórica que traíamos en hombros. Y no sólo hablo por el PRI, sino también por los candidatos del Frente. No creamos una narrativa creíble que despertara esperanza. Todos platicaban con nosotros, pero nadie nos creía.

En el PRI –y, por sus resultados, también incluiría al PAN– hablamos muchísimo de lo que hemos hecho, pero no de lo que hemos dejado de hacer. Hablamos mucho de los progresos, de los avances en la calidad de vida de millones de mexicanos de los últimos 18 años –que sin duda ha habido–; pero nunca hilamos un discurso que llegara a los millones de ciudadanos que se sienten olvidados y en total desesperanza. Ese discurso lo monopolizó, a fuerza de repetición y tesón, Andrés Manuel López Obrador. Nunca me di cuenta de que no sólo entraba a las casas para hablar por los últimos seis años, sino por los últimos 18 o más. Nunca me di cuenta de que el hartazgo no era contra un partido u otro, una persona u otra, sino sobre una forma de hacer política que marginó a los ciudadanos de la esfera pública, que los hizo creer insignificantes para el poder político, sin voz, sin riendas sobre su destino. A eso nos enfrentamos y la elección se trató de eso. Y se nos olvidó que hay un instante, en la intimidad de la boleta, en que todos –y no unos cuantos- tenemos el poder.

¿Eso quiere decir que celebro lo sucedido? ¿Que creo que lo que pasó es lo mejor para este país? Por supuesto que no. Sigo creyendo que MORENA no es la mejor opción para México. Creo que tenemos una democracia que en su vertiente electoral es relativamente funcional, pero que hoy está en riesgo la concepción –insípida, maltrecha, en ciernes- de democracia liberal que tanto nos ha costado. Creo que un presidente tan poderoso en una democracia tan joven como la mexicana es un riesgo latente. Si MORENA tuviera algún principio ideológico discernible y sus militantes alguna identidad partidaria visible, probablemente pensaría distinto. Pero no los tiene. MORENA es un movimiento que gira en torno a una personalidad, a un líder. Los que llegan al poder no pueden ser “morenistas” porque eso no significa nada sustancial, sino simplemente la adhesión a un personaje. Por tanto, el tan ansiado “cambio verdadero” no tiene contornos discernibles, no tiene un ideario claro. Es decir, se votó por una persona pero no por un equipo de gobierno en sintonía con la poderosa mayoría que hoy nos gobierna. Acuérdense que los derechos no los llevamos en la piel, sino que son fruto de un consenso plasmado en un texto constitucional. Y hoy ese texto puede ser modificado sin mucha dificultad por esa nueva mayoría gobernante.

Concluyo: no me gusta lo veo. Un Presidente en funciones desdibujado por completo; un virtual Presidente dominando la conversación pública y privada. Una “cargada” que raya en lo burdo. Regresamos a la época de “Sr. Presidente”. Hoy todos ven matices en sus declaraciones, sus contradicciones son errores pasajeros, sus dichos tienen un aroma de lucidez…

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