El PRI, ¿qué hacer?

Artículo completo originalmente publicado en NEXOS

Eran las seis de la tarde del primero de julio cuando salieron las primeras encuestas de salida de algunas gubernaturas en juego. Yo era entonces candidato a diputado local por el PRI en Durango y me apresuré a analizarlas. No había mucho que desmenuzar: Morena arrasaba en casi todas. Desde ese momento supe que la supuesta ola morenista transmutaría en tsunami y que yo perdería la elección. Así fue. Todos conocemos qué pasó después: los candidatos perdedores reconocieron el avasallante triunfo de Andrés Manuel López Obrador, y se convirtió en el candidato más votado en la historia moderna de México con más de 30 millones de votos.

Cuando uno es derrotado en una elección vienen a la mente muchas escenas pasadas, muchos cuestionamientos estratégicos, tácticos, contrafácticos (el famoso “si hubiera”) y, claro, personales. Al final era mi nombre el que estaba en la boleta. Todo esto sirve para repensarse, para renovarse, para sacudirse los prejuicios y aquilatar el momento vivido de la manera más objetiva posible. Si eso pasa en el plano personal, con mayor razón debería ocurrir en los partidos políticos.

Tres días después de la elección, los candidatos que participamos en la contienda fuimos convocados a una reunión en el Comité Directivo estatal del PRI en Durango para hacer una reflexión sobre lo sucedido. En el aire flotaban –y siguen flotando– nubarrones de incertidumbre sobre el futuro del partido. Se habló mucho de las traiciones, de la estructura, de la falta de operación. También de cómo no habíamos perdido nosotros, sino que habíamos sido “víctimas” de un fenómeno inasible, etéreo, casi invisible que suscitó la figura de López Obrador. Me impresionó hasta qué nivel uno puede justificar su propia situación modificando las anteojeras con las que ve la realidad. Me sorprendió que un partido con la tradición pragmática que ha tenido el PRI no tuviera un diagnóstico acendrado en la realidad; parecía tomado por sorpresa y, claro, sin plan de acción.

Porque por supuesto que nosotros perdimos. Por supuesto que arrasó López Obrador. Y arrasó en buena medida porque no quisimos ver lo que teníamos frente a las narices: un movimiento que atrajo toda la inconformidad larvada por años, un candidato que supo construir un discurso poderosísimo.

A partir del día de la elección he escuchado numerosos análisis del porqué de los resultados. Partamos de un hecho: la gente salió a votar y votó por el proyecto de López Obrador. Si no reconocemos que la gente, por convicción, salió a votar por un proyecto distinto y –ojo aquí– repudió a casi todo lo que se llamara PRI, no podremos hacer un análisis objetivo de la derrota….

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