Por qué nos caen mal nuestros políticos

Artículo completo originalmente publicado en La Razón

Hace algunos días Rafael Estrada Michel escribió en Twitter, con la agudeza que lo caracteriza: “No nos gusta que den clases, no nos gusta que sean fiscales, no nos gusta que presidan comisiones… ¿por qué no mejor confesamos que no nos gustan los políticos y pasamos a otros debates?”

No he platicado con Rafael, pero imagino que se refería a las críticas que suscitó el que Ricardo Anaya haya sido invitado a dar clases a la Universidad de Columbia. Pero el tuit da pie a una reflexión profunda y pertinente: el desprecio que sentimos por nuestros políticos.

Según una encuesta realizada por Consulta Mitofky en 2017, las cuatro instituciones peor evaluadas de un total de 17, son los Senadores, la Presidencia, los partidos políticos y los diputados. Por el contrario, entre las mejores evaluadas se encuentran los empresarios, los medios de comunicación y la Iglesia.[1] Según el informe de 2017 de Latinobarómetro, en una escala del 1 al 100, las instituciones peor evaluadas son los partidos, con 15, y el Congreso, con un 22.

Subrayo lo obvio: los peores calificados por la población son los políticos. En efecto, nos caen mal. Me pregunto si esto no dice más de lo que creemos. ¿Habrá alguna razón por la cual nuestros representantes, los que elegimos a través de nuestro voto, sean los que peor fama tienen? Me adelanto a algunas posibles respuestas. Son una “bola de corruptos que no tienen ética”. Algunos sí, no todos, no siempre. “No sirven para nada, son unos flojos vividores del Estado”. Si son flojos, en efecto, no sirven para nada. Pero no todos lo son y sirven para mucho: los legisladores hacen las leyes, las normas, que rigen nuestra convivencia diaria; los secretarios toman decisiones a diario que pueden transformar la vida de millares de personas en cuestión de minutos. Diario se toman decisiones, diario sirven, y, más importante, nos sirven a nosotros. Y así podría seguir con cien páginas más de alegatos en contra de la clase política. Todos son conocidos, todos los hemos proferido.

¿Habrá otro motivo, más profundo, verdaderamente de fondo que nos haya llevado a que hoy en día lo más común sea despreciar a nuestros políticos? Fernando Escalante tiene una hipótesis[2]. La creación y aplicación del programa neoliberal a finales de los años setenta precisaba de una crítica punzante al Estado. “El Estado es el problema”, dijeron en ese entonces y dicen muchos hoy en día. El Estado es, por principio, sospechoso, malo, ineficiente. De ahí deriva una crítica a la burocracia, por ser parte del problema, y, por supuesto, a la política misma. Es decir, ese descrédito a lo estatal se desliza hasta llegar al descrédito de la política, de los políticos, y de los sistemas representativos en general.

Como dice Escalante: es extraño que en nuestro orden de valores, las instituciones que nos representan, que construimos mediante el voto, tan criticables y tan defectuosas como sean, estén en el último renglón de prestigio; mientras que las instituciones privadas, por definición opacas e interesadas, estén en los primeros lugares de aprecio (medios de comunicación, empresa privada, etcétera).

Esto no siempre fue así, en el horizonte cultural de los setenta el Estado era la solución, era el encargado de generar bienes y soluciones públicas. Pero cambió cuando se impuso un modelo que nos dijo que el mercado debía operar libremente y el Estado debía encargarse de eso y nomás.

A lo mejor los políticos nos caen mal porque desconfiamos de la política. A lo mejor desconfiamos de la política porque no nos gusta el Estado…

El artículo completo puede leerse aquí

[1] http://www.consulta.mx/index.php/estudios-e-investigaciones/mexico-opina/item/1003-mexico-confianza-en-instituciones-2017

[2] Conferencia en la Universidad Autónoma de Querétaro: https://www.youtube.com/watch?v=S4vi9WFmCyM&t=3364s

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